ADENTRO DE AGNES VARDA HAY PLAYAS

El legado de la cineasta francesa.

PELÍCULASNOUVELLEVAGUECINECINE DE EUROPAAGNES VARDA

Por Oscar Castellanos

3/24/20267 min read

Estaba corriendo el año 2017, era el día once de noviembre y eso significaba que hace unos meses Agnés Varda había cumplido los 89 años.

89 años de haberle entregado su existencia a la gente y al cine. 89 años muy bien cumplidos llenos de introspección, de entrega y amabilidad, de pérdida y lucha, pero nunca de arrepentimiento. Alonso Duralde, un reportero de la revista The Wrap, mencionó que: “Muchos cineastas me han enseñado a cómo ver el mundo, pero Agnès Varda me está enseñando a cómo envejecer”. Lo cual me parece una de las mejores descripciones del tipo de legado que la directora francesa fue sembrando en su larga estadía en esta tierra.

Se estaba celebrando la novena entrega anual de los Governor Awards, una celebración que hace La Academia aparte de los Óscares, en donde solo entregan tres premios con el objetivo de celebrarlos bien sin la presión de tiempo que plaga la celebración principal. La aún llena de vida y dulce pionera del Nouvelle Vague sube al escenario con su corte de cabello tan característico, fielmente portándolo por toda su vida, y que apenas en los últimos años había sufrido un cambio, ya que ahora tiene una mitad roja, mientras que el resto demuestra modestamente su natural blanco. Una ola de aplausos suena relampagueante por todo el recinto. Agnès Varda está a punto de recibir el único premio que le faltaba para ser recipiente de la mayoría de los reconocimientos más importantes en el mundo del cine: el Oso de Berlín, la Palma de Cannes, el León de Venecia, el César de Francia y ahora “el Oscar de los pobres” de Hollywood.

Al subir al estrado comienza su discurso:
“Estoy un poco tímida y encantada de escuchar todas estas hermosas palabras sobre mí, sí... me hace sentir bien, tengo que decir...” El ícono francés y tesoro cultural, nacida en 1928, estaba casi al borde de las lágrimas al recibir su Oscar honorífico, vistiendo con mucha elegancia un camisón rosa decorado con flores que evoca a su hogar, una extensión de aquella casa en el 86-88 de la calle Rue Daguerre de la capital francesa, en donde escribió, como un poema a sus 25 años, su ópera prima que serviría como punto de partida a su carrera en el cine orgullosamente independiente, en donde el cinécriture, su manera única de fusionar cada aspecto de la creación de las producciones fílmicas fue tomando forma, y donde la futura inspiración para muchas de las mentes más grandes en la historia de los largometrajes se fue desenvolviendo.

Giovanni Marchini Camia, corresponsal de la revista Fireflies, mencionó mientras se paraba frente a ella: “Su fachada magenta y ventanas rosas felizmente interrumpen la uniformidad tonal de la calle. Toqué el timbre a un lado de la puerta tricolor con el gran buzón que conocía de The Beaches of Agnès (2008) y fui saludado por Louise, una de las empleadas de la compañía de producción de Varda, Ciné-Tamaris, la cual tiene sus oficinas en el primer piso. Ella me guió por el largo y angosto patio desbordando de plantas y flores —debajo de una de las ventanas, vi el reloj sin manecillas de The Gleaners and I (2000)— a través del espacio abierto detrás, en donde Varda estaba teniendo té con el resto del equipo. Fue como caminar dentro de una de sus incontables fotografías que había visto de ella sentada en ese mismo lugar, sola y en la compañía de otros”.

Hay algo muy bello que ella alguna vez dijo en una de sus tantas entrevistas, esta vez hablando sobre el documental, el género que abrazó su estilo de hacer cine, que acogió la forma en cómo veía a las personas a su alrededor: su personal manera de intriga honesta y curiosidad amorosa que se desprendía en parte por pensamientos como el recordar que cada una de las personas que te encuentras en la calle fueron bebés alguna vez, bebés curiosos y llenos de vida. Bebés que ahora, llegados a la madurez, en lugar de que sus más grandes necesidades sean jugar, comer y hacer popó, ahora todos: “Necesitan diálogo, todos necesitan expresarse.”

“Todos los documentales son una persona (...) Y lo que más amo, y lo que más siento es que algunas piezas de la persona faltan, y siempre estarán perdidas, y que no hay documental que tenga todas las piezas de la persona, solo tienen algunas piezas, y tienes que inventar o tienes que intentar imaginar el resto. No hay verdad, tú sabes eso.” En el caso de Agnès, todas sus películas son un reflejo directo de ella. “La Pointe-Courte”, su ópera prima realizada sin ningún tipo de conocimiento o preparación cinematográfica, fue rescatada de los años en los que ella, junto con su familia, se refugiaba en la comuna costera de Sète durante la ocupación alemana de París. Considerada por muchos la primera película de la Nueva Ola Francesa, caracterizada por el uso de no actores que le agregan la naturalidad icónica de un trabajo de Varda. Pero eso no fue lo que la hizo especial:“Recuerdo esta toma en donde un hombre, su nombre era Raphael, él ya está muerto desafortunadamente, estaba caminando mientras agarraba a un niño de la mano. El ritmo de los grandes pasos y los pequeños pasos es un poco como el jazz, donde tienes un tiempo de tres cuatro. Ese es el tipo de cosas en las que estaba pensando. En mi cabeza tenía ideas de encuadres, de pinturas, de ritmos.”

Esto es lo que lo hacía especial. “Así que, si gustas, eso es lo que me interesó. No hacer cine para poder ilustrar una obra de teatro, una novela o el guion de alguien. Yo quería estar en la substancia del cine. Tenía ideas que eran bastante radicales, si puedo decirlo yo misma.” Y la verdad es que sí puede, porque está completamente respaldado por todo lo que vino después.

En sus documentales, se puede ver a Agnès Varda en su máxima expresión. La directora de “La escuela de la modestia” dice sobre su trbajo: “Es una escuela de regresar a ver el mundo (...) Tienes que estar verdaderamente detrás de la cámara, no ‘yo soy tan inteligente’, solo tienes que dejar que ellos (las personas) existan. Saca lo mejor que puedas sacar.”

Su verdadero primer documental, “Daguerréotypes” (1975), apareció por el deseo de describir la vida cotidiana en la calle en la que había pasado la mayoría de su vida, ponerle atención a lo que normalmente se ignora, y también porque Agnès no quería empezar producciones que la llevaran muy lejos de su casa, ya que debía cuidar de su hijo Mathieu, quien era un pequeño de 2 años. De hecho, las tiendas en las que se enfocó son las que estaban a 90 metros de su casa, porque esa distancia era lo más lejos que podían llegar los cables de su equipo. “Estoy intrigada por la gente, y la amo, siendo honesta. “No eres el maestro del mundo (...) solo eres una persona tratando de capturar la realidad, lo mejor de la realidad, o incluso lo que es raro en todos, cuál es la parte en donde quieren decirlo o no quieren decirlo. Nunca he empujado a nadie pero es interesante: todos estamos llenos de misterio, llenos de belleza, llenos de sensibilidad escondida.”

Absolutamente todos eran y llegarían a ser interesantes frente a sus ojos. Sus trabajos siempre fueron descritos como cálidos, con un genuinamente inquisitivo interés en la gente que conocía y en las historias que tenían que decir. Es por eso por lo que siempre puedes confiar en la realidad de sus trabajos, documentales o de ficción. Infusionando el feminismo en sus películas como “Cléo de 5 a 7” (1962) o “Una canta, las otras no” (1977), que reflejaban, de manera honesta, a su propia persona y sus acciones. Siempre bastante política a pesar de su insistencia de no serlo, siempre triunfando a las mujeres en aquel mundo principalmente varonil que por mucho tiempo robó su puesto como pionera en la Nueva Ola, relegada a ser descrita simplemente como adjunta de sus colegas más famosos del “ala derecha de la Nueva Ola”.

Aunque eso no le tenía mucho cuidado, ella estaba creando arte que le importaba, y aparte, ahí fue donde conoció al amor de su vida, con quien tuvo dos hijos: el cineasta Jacques Demy. Se amaron por años, se inspiraron mucho arte entre los dos, viajaron por el mundo, y cada verano vacacionaban en la isla de Noirmoutier, pero el tiempo llegaba rápido. Demy se preparaba para su última hora recordando una de las cosas que más amaba: su infancia. “Algunas tardes, él me leía capítulos. Le dije que harían un fantástico guion y él dijo: ‘¿No quieres grabarlo? Yo no tengo la fuerza’. Es verdad que estaba muy cansado.”

Así fue como comenzó la producción de “Jacquot de Nantes” (1991), una curiosidad ya que era una película biográfica acerca de su esposo enfermo. “Mientras estaba vivo, presenció la grabación de una película acerca de su infancia (...) pero él pudo interactuar con algo que amaba: su propia infancia. Así que tuve la impresión de que era importante para él, y para mí, el hacer este filme.” Jacques Demy murió 15 días después de que terminara la grabación.

“Nunca supe que podías ser dos personas a la vez. Una mitad de mí estaba trabajando conscientemente, muy precisamente como siempre lo soy mientras edito, y la otra mitad estaba llorando.” Toda su vida se preguntó la misma pregunta: ¿Qué es lo que hace al cine? Se lo preguntó en su tiempo en Los Ángeles con Demy, cuando elegía en papeles protagónicos a su hijo y a su editora en “Documenteur” (1981), mientras pasaba por un tiempo de separación con él. Se lo preguntaba mientras se concretaba como una creadora de autorretratos en forma de filme, como lo hizo con la actriz Jane Birkin en “Jane B. por Agnès V.” (1988). Incluso cuando metía a su gato Zgougou a lo largo de muchas de sus películas.

“Rostros y lugares” (2017) fue su penúltimo proyecto, el cual retrata un viaje que tomaron ella y el artista callejero francés JR, dos años antes de su partida de este plano terrenal a causa de un terrible cáncer. “Mi hija produjo la película, mi hijo grabó un poco de ella —en un sentido, esto es de verdad la alegría del cineasta.” Al final del discurso que dio cuando recibió su Governor Award en aquella noche de noviembre, ella se despidió con las palabras: “Siento que estoy bailando, el baile del cine.” A lo que prontamente hizo una reverencia y comenzó a bailar con Angelina Jolie, quien le entregó el reconocimiento.

“Si abriéramos a las personas, encontraríamos paisajes. Si me abrieran, encontrarían playas.”

OSCAR CASTELLANOS

COLABORADOR

Lic. en Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Crecer sin una pasión es más normal de lo que piensas, no estás solx. Para poder tener una vida plena tienes que probar la cocina veracruzana. Peripheral Vision de Turnover es el único álbum que me tatuaría. Mis cuatro películas favoritas son: Chicken Little, Mamma Mía 2, La chica que saltótiempo y Linda Linda Linda.