ADOLESCENCIA, SEXO Y MUERTE EN CAMPAMENTO MIASMA: LA OBSESIVA MAMPARA DE JANE SCHOENBRUN

Schoenbrun vuelve a demostrar que su cine no es solo transgénero o transmediático — es transformativo.

CRÍTICACINESLASHER

Por Qornelio Reyna

8/25/20264 min read

Desde la llegada del cine, el paso a la televisión y ahora los dispositivos móviles, el ser humano le ha dado forma a su vida social, cultural y política, a través de una pantalla.

Por lo que no es de extrañar, que, para muchas personas, los monitores hayan sido los espacios para acceder e interpretar el mundo. Si hay una cineasta que lo deja claro es Jane Schoenbrun, que a lo largo de su filmografía ha abordado el papel de las pantallas en el desarrollo de la identidad. En A Self-induce Hallucination (2018), retoma pietaje de Youtube para hacer un documental sobre la leyenda web Slenderman. En Todo vamos a la feria del mundo (2021), una adolescente entra a un juego en línea y comienza a documentar cambios extraños a través de una web cam. En I Saw The Tv Glow (2024), un par de jóvenes rinden culto a una serie de televisión de ciencia ficción poco antes de que unx de ellxs desaparezca.

Para su cuarta película, Adolescencia, Sexo y Muerte en Campamento Miasma (2026), una cineasta casi treintañera, queer y poliamorosa tiene la tarea de revivir una franquicia de horror ochentera para el público de la generación Z. La cinta estrenada en Cannes en 2026, ganó la palma queer de la sección Una Cierta Mirada, consagrando a la artista transfemenina y no binaria como una de las voces LGBTIQ+ más relevantes hoy día. Pasamos de los teléfonos inteligentes a las pantallas de cine, pero al mismo tiempo, vemos un viaje de auto descubrimiento. Al igual que en sus obras anteriores, Schoenbrun bebe del terror pop que todo adolescente estadounidense de mediados de los 80 a finales de los 2000 vivió, y lo usa para lanzar constantes preguntas en clave de meta cine. Para Campamento Miasma, retoma el slasher, que va de referencias a Halloween (Carpenter, 1978) o Viernes 13 (Cunningham, 1980), hasta obras de nicho como Campamento sangriento (Hiltzik, 1983), donde el origen de su antagonista, Angela Baker, ha sido tachado de transfóbico y al mismo tiempo, la ha vuelto una cinta de culto.

En su versión de Campamento Miasma, Kris desea incluir a Billy Presley, la protagonista original de esta franquicia. Una actriz excéntrica, enamorada de la atención y al mismo tiempo, recluida y ensimismada, como bien se menciona, el personaje principal de Sunset Boulevard (Wilder 1950). Poco a poco sabemos que Little Death, "villanx" de la película y atinado eufemismo del orgasmo, es un personaje de género fluido y una entidad cósmica que puede alterar la realidad, atrapando a los personajes en un bucle que reinicia a voluntad.

En el cine de Schoenbrun, las claves habitan en lo extra cinematográfico. La cineasta no tiene reparo en mostrarte las costuras, pero son más simples referencias o fan service. No es gratuito que la elegida para encarnarla sea Gillian Anderson, estrella de la serie Expedientes Secretos X (1993). Tampoco es gratuito que Kris sea interpretada por Hanna Einbinder, quien en la serie Hacks (2021), era una joven comediante que también conoce a otra leyenda. Pero todo toma un giro cuando Kris confiesa dos cosas: la primera es que las pantallas y la ficción han sido su refugio. La segunda, es que confiesa sentir placer al imaginarse como víctima de una película de terror, algo que tacha de misógino y victimario. Y ahí, cuando la cosa se pone Lyncheana, encontramos otra película, una donde una mujer mayor charla con una joven sobre la disociación y la despersonalización sexual que vienen del trauma y la disforia, para, juntas, explorar sus pulsiones.

Es entonces cuando Presley también confiesa: la cinta original no trataba de más que sangre y fluidos, un guiño al body horror de Cronenberg o Troma Films, pero también, una invitación a explorar su deseo por más problemático que parezca, sin preocuparse por ser "woke". Este diálogo entre una estrella de la generación X y una artista queer del siglo XXI, muestra la preocupación de la cineasta entre el contenido que la forjó y las ideas que ha descubierto en su transición, desde su identidad, su orientación y hasta su relación con el cuerpo. No solo es una cinta de homenajes a los clásicos, es una revisión de sus valores, sin regaños ni maniqueísmos. Una reflexión genuina por conciliar distintas generaciones y sus visiones de la muerte, el sexo y el deseo. El resto es una colorida parodia del cine cutre que abunda en franquicias como Evil Dead (Raimi, 1981) o Scream (Craven, 1996). Como I Saw The Tv Glow lo era de Buffy la caza vampiros (1997) o Eiree, Indiana (1993) o Todos vamos a la feria del mundo de cualquier creepypasta. Una vistosa película adornada con la foto de Eric Yue, plástica y saturada, como si fuera un anuncio de gomitas.

Sin embargo, hablar del cine de Jane Schoenbrun es hablar de algo más que transgénero, transgeneracional o transmediático, es hablar de algo transformativo. En el fondo intuimos que entre más cerca está la autora de su cinefilia, más se aleja de entender la realidad heteronormativa, por lo que está dispuesta a crear una propia. Una mirada que captura al espectador desde lo referencial, pero lo descoloca desde lo psicológico.