ÁLBUMES CON CONCIENCIA DE CLASE (Y GRANDES LOGROS ESTÉTICOS)
Los míticos álbumes que pusieron en la mira las preocupaciones sociales
MÚSICAROCKCRÍTICAMÚSICA LATINASOCIAL
Por Luis Castañeda
7/27/202610 min read


Existe un lugar común, cada vez más extendido, según el cual el arte es político.
La afirmación, en sí misma, difícilmente admite discusión. El problema nunca ha sido que la consigna no sea cierta, sino la manera en que suele entenderse: más como un criterio para valorar a las obras que como un análisis de lo que les rodea. En ocasiones esta idea se ha vuelto un comodín con el cual enaltecer o menospreciar una obra al margen de la calidad de su arte y, en sus peores momentos, ha llevado al artista a reducir su búsqueda a la reproducción panfletaria de una u otra ideología. Como si el compromiso bastara para suplir la pobreza artística o, en sentido contrario, como si la búsqueda formal implicara necesariamente una renuncia a la atención de la realidad social. Los discos reunidos aquí desmienten esa falsa oposición. En ellos, la conciencia de clase no aparece como consigna ni como recurso oportunista, sino incorporada, por la honesta convicción de sus autores, a la propia construcción de sus canciones: en sus personajes, en sus paisajes, en el humor, en la tragedia, en el lenguaje y en la arquitectura misma de los discos. Los trabajos seleccionados pertenecen a tradiciones y países distintos y no comparten un programa político homogéneo, sino la capacidad de transformar una sensibilidad histórica en música de enorme ambición estética.


Clandestino- Manu Chao (1998)
Imaginemos una emisora ilegal sonando en un radio destartalado con interferencia y remendado con cinta adhesiva, dentro de un auto viejo que cruza de la Patagonia a Tijuana, serpenteando entre pueblos esqueléticos y esquivando retenes… ese es el pulso de Clandestino. Tras la disolución de Mano Negra, Manu Chao —con el artista iraní Renaud Letang en la producción— construye un collage de lenguas y ritmos que va de son, bolero, reggae y hip-hop enlazados con samples de la calle, telenovelas, retransmisiones de fútbol y discursos del Subcomandante Marcos. El resultado es un monólogo interior colectivo en un flujo ininterrumpido de celebración crítica estilizada. Su arquitectura sonora se vale del uso de un simpático leitmotiv y de la unidad entre pistas que re-imaginan figuras melódicas y frases haciendo del álbum una pieza conceptual integral y cohesiva. Temáticamente habla de quienes viven en la ilegalidad cotidiana, de migrantes y desplazados que habitan los márgenes que exponen como la libertad es apenas un simulacro. Chao narra esa tragedia con una melancolía honda, pero nunca se entrega al derrotismo. Por el contrario, le toma el pulso a la globalización de cara al siglo XXI y envuelve el dolor en un gozo bailable y vital.


Canciones- León Chávez-Teixeiro (1979)
A finales de una década hostil para los cantautores y rockeros mexicanos, aparece esta luminosa obra de folk rock con espíritu de rock progresivo, que funciona tanto como manifiesto político como una disección honesta de la condición humana desde la tensión entre la ilusión y la tragedia obrera. Teixeiro se vale de un estilo de escritura dramatúrgica que se despliega en una multiplicidad de voces (con nombre y apellido) para retratar la deshumanización y la miseria, abordando temas tan complejos como la humillación sistemática en “Vieja gorda y callada” o la encrucijada moral/existencial ante la explotación en “Andrea Fernández y Julia Sánchez”. Por su parte, en pistas como “Oh, María” y especialmente “Iba volando”, construye una poética de la ternura en entornos marginales, dándole al álbum un tono más íntimo y un lienzo temático más amplio. Es esa fricción de violencia y delicadeza, de inocencia y decadencia, la que va sumando capas interpretativas y profundidad a cada una de los personajes y situaciones que se desarrollan, que parecen amontonarse anímicamente, hasta el furioso final con promesa de estallido social. Formalmente, la música se construye desde arreglos de guitarras acústicas con algunos adornos de violín y de flauta que recuerdan a la música de cámara así como solos de piano eléctrico de corte jazzero (en las prodigiosas manos de Guillermo Briseño), además de influencias del son cubano y la trova, dando mucha riqueza sonora al álbum y elevando las letras, cantadas entre la declamación sensible, la palabra hablada y el grito de protesta. La integridad y la pasión militante de Teixeiro se funden con una ambición artística notable, que deriva en una propuesta socialmente subversiva y muy lograda estéticamente, antecesora en algunos sentidos de la vanguardia rupestre. La gracia le valió el espionaje de la infausta Dirección Federal de Seguridad.


Descalzos al paraíso -Arturo Meza (1996)
Arturo Meza es, probablemente, el secreto a voces más enigmático de la música mexicana: un artista radical cuya obra, de abrumadora extensión y de gran riqueza musical y poética, siempre ha operado en la trinchera de la independencia absoluta y la lucha contra las convenciones comerciales. “Descalzos al paraíso”, su decimosexto álbum, es una de esas odiseas suyas cargadas de una pasión pocas veces vista dentro del rock en español más popular. Grabado en honor a la insurrección del EZLN, el álbum representa el momento de mayor integración entre la música de protesta y las inquietudes experimentales del autor. El álbum se sostiene de tres pilares temáticos. Primero, la crónica histórica y el manifiesto; en pistas como "La rebeldía de la luz" y "Al E.Z.L.N.", Meza sitúa el levantamiento armado del 94 como una prolongación histórica de la lucha del pueblo mexicano a lo largo del tiempo. Segundo, la disección de la tragedia cotidiana de comunidades indígenas, ejemplificada en "Polito", donde la precariedad se narra desde el duelo, evitando el panfleto en favor de un relato más atento a la experiencia individual. Finalmente, la de una mística que entiende al amor y a la rebeldía en coordenadas sacras — "Flor de la Palabra" "Amor", "Nuestras almas"-. También destaca la adaptación musical de fragmentos de la Cuarta Declaración de la Selva Lacandona escritos por el Subcomandante Marcos. A pesar de contenidos tan densos, lo más interesante quizá no sean esos temas que aborda el disco, sino como las convicciones ideológicas que lo inspiran son trasladadas a la forma de hacer música. Alejado de la campaña “rock en tu idioma” y su cómoda explotación pop del folclore, Meza articula una revitalizante suerte de folk progresivo con potente influencia del son huasteco, el corrido revolucionario, la trova y la música tradicional de los altos de Chiapas. Su uso de instrumentos como la jarana, el charango, la mandolina, violines, güiro y marimba con percusiones de raíz prehispánica dialogan con la guitarra eléctrica y las cajas de ritmo, creando texturas telúricas de ímpetu combativo a ratos tradicionalmente festivas, a ratos decididamente rockeras.


Hurbanistorias – Rockdrigo González (1984)
Pocas obras de rock han hecho tanto por la canción mexicana como el álbum Hurbanistorias. Con este único trabajo publicado en vida, Rodrigo González demostró que el rock podía desenvolverse con absoluta naturalidad dentro de la gran cultura popular mexicana, a la altura de figuras como José Alfredo Jiménez, Cri-Cri, Chava Flores o El Piporro. El movimiento rupestre, entendido con frecuencia como una simple escena marginal, fue en realidad una auténtica vanguardia artística que supo superar la resaca de Avándaro junto a su persistente mimetismo con el rock anglosajón, elevando con ello el nivel de la contracultura musical: de la rebeldía formulaica a la construcción de una nueva sensibilidad estética con identidad propia dentro del arte mexicano. Este álbum es quizá el que mejor condensa las virtudes del movimiento. Rockdrigo no canta sobre héroes, sobre consignas, ni sobre grandes momentos históricos, en su lugar, hace de la idiosincrasia del capitalino de a pie, con sus espacios, sus sueños y sus frustraciones, el motivo principal de las piezas. Sus letras alternan la ironía y la melancolía con una naturalidad extraordinaria, en donde el albur y la picardía citadina participan de una introspección sensible y poética. Recurre a la elipsis, la metáfora y, por momentos, logra poderosas imágenes surrealistas extraídas de los escenarios más cotidianos, sin abandonar nunca la emoción honesta que musicaliza el monólogo interior de quienes viajan solitarios y en silencio, rodeados de gente. La modestia de la producción se convierte en una virtud expresiva. Tan solo la guitarra, la armónica y aquella voz nasal característica son suficientes para levantar una atmósfera fantasmagórica, donde cada canción parece ser lo único sonando a lo largo de una avenida interminable.


Plastic ono band - John Lennon (1970)
Tras la disolución del acto musical más rentable del siglo XX y siendo “más grandes que Jesús” John Lennon no eligió el camino del retiro dorado ni el de la complacencia. En su lugar, decidió realizar un acto de sabotaje contra su propia mitología. Plastic Ono Band es, probablemente, el ejercicio más radical de honestidad artística dentro del canon del rock británico y una anomalía dentro de las expectativas de la industria cultural. A diferencia del barroquismo técnico y la sofisticación que caracterizó la etapa final de The Beatles, este álbum se presenta con una crudeza y desolación minimalistas (hasta entonces insospechadas para el gran público) que llegaron como bofetada de bienvenida a los 70s. Influido por la "terapia del grito primal" de Arthur Janov, Lennon logra un álbum catártico, incómodo, lúgubre y ácido que iba en contra de todo lo esperado de una estrella de alcance mundial. Hoy resulta tentador leer este trabajo a la luz del pensamiento de Mark Fisher porque Lennon anticipó en pistas como “Isolation”, “I found Out”, “Well, well, well” o principalmente "God" y “Working class hero” algunas de las patologías culturales que Fisher iba a conceptualizar como realismo capitalista, además de entrelazar el fondo sociopolítico de aquellas pistas con el trauma personal en “Mother” o “My mummy's dead”. Al desmontar su imagen inmaculada, Lennon rompe con el hedonismo evasivo que había caracterizado buena parte del imaginario lisérgico de los 60s y avanza hacia un pesimismo crítico tan íntimo como político. “Madre, me tuviste, pero yo nunca te tuve”, “Te mantienen dopado con sexo y televisión”, “Dios es un concepto con el que medimos nuestro dolor”, “El sueño se ha terminado”, “No creo en los beatles”: algunos verían aquí raíces del punk y, siendo optimistas, incluso trazos del estado anímico del post-punk mismo, que se definiría años más tarde por su capacidad de politizar lo privado y estilizar la angustia existencial. En cualquier caso, Plastic Ono Band fue un gran paso para una tradición musical que daría voz a inquietudes incómodas y silenciosamente marginadas por la industria del entretenimiento hasta nuestros días. Con el uso de esa plataforma —la del hombre más famoso del rock— para gritar sus traumas, denunciar la alienación de clase y proclamar la muerte de ídolos e ideologías, Lennon hizo con la cultura musical de masas un necesario espacio de interesantes contradicciones y tensiones sociales. Sumado a su activismo cercano a Red Mole y al Black Panther Party, no sorprende por qué el gobierno de Richard Nixon comenzó a rabiar contra él.


El derecho de vivir en paz- Victor Jara (1971)
Si gran parte de la canción comprometida latinoamericana había tendido hacia cierta austeridad y una defensa casi ortodoxa del folclore, El derecho de vivir en paz representa una expansión de sus posibilidades expresivas. Más que ser un álbum de protesta, es uno que demuestra que la música militante podía ser también colorida, ambiciosa, moderna y aventurada sin renunciar a su vocación popular. La coyuntura histórica resulta fundamental. Publicado en 1971, en pleno gobierno de Salvador Allende, el álbum no habla desde la derrota, la clandestinidad o la resistencia, sino desde lo visto como una posibilidad histórica de éxito. Existe en estas canciones una sensación de optimismo difícil de encontrar en otros trabajos de la época: la convicción de que el mundo puede transformarse y de que esa transformación ya ha comenzado. Sin embargo, no se trata de un optimismo ingenuo ni abstracto, sino de uno arraigado en la experiencia concreta de los movimientos populares. Canciones como “Vamos por ancho camino”, “Oiga pues mijita” o la propia “El derecho de vivir en paz” transmiten una confianza que pocas veces volvería a aparecer con tal intensidad en la música latinoamericana. Jara, jubiloso en sus convicciones, da rienda suelta a explorar matices sonoros e incorpora guitarras eléctricas, baterías y elementos tomados del rock y la psicodelia, dialogando con el trabajo de los Blops sin abandonar las raíces folclóricas chilenas ni la instrumentación andina. El resultado no es una búsqueda superficial de contemporaneidad. Tampoco un esfuerzo de aleccionar pues la causa de Jara ya gozaba de su mejor momento político (si bien la crítica política está presente en todas las pistas). En cambio se trata de un álbum con una vocación autoral por describir el quehacer revolucionario, que lo mismo se da su tiempo para la burla a la ingenuidad burguesa que para la contemplación del campo o la celebración de la camaradería y los éxitos de la lucha.
