C DE CIUDAD DE DIOS

Nuestra juventud no terminó. Fue asesinada.

CINESOCIALPOLÍTICALATINOAMÉRICA

Por Santiago Ávila

5/16/20266 min read

“Érase una vez en Ciudad de Dios”.

Estaríamos completamente equivocados si nos dejáramos llevar solo por el nombre de esta famosa película. Pues no se trata sobre un refugio celestial protegido por fuerzas divinas, sino, todo lo contrario: “La favela, que de por sí era el purgatorio, ahora se había convertido en el infierno”, nos dice el narrador de la historia en algún punto de esta cinta.

Esta aclamada obra, dirigida por Fernando Meirelles y Kátia Lund, es considerada por IMDB y las revistas Empire y Time, como una de las mejores películas del cine brasileño, del continente americano y de la historia del cine. A través de una puesta en escena frenética, colores semi-surrealistas y una estética hiperestilizada, retrata la vida en una favela de Río de Janeiro construida en la década de los sesentas como parte de un plan estatal para erradicar las favelas del centro de la ciudad. “Los del gobierno no tenían vergüenza. ¿No tienes dónde vivir? Ve a la Ciudad de Dios. Allí no había luz, ni asfalto ni autobuses. Pero al gobierno de los ricos no les importaban nuestros problemas”.

Basada en una historia real y en el libro del mismo nombre del escritor Paulo Lins, nos cuenta la historia de la favela entre los sesentas y ochentas desde la perspectiva de Buscapé, un joven que sueña con ser fotoperiodista en medio de un entorno hostil causado por la guerra entre dos facciones que se disputan el territorio y el control de drogas. De hecho, los realizadores tuvieron que pedir la colaboración del jefe de una favela para poder filmar en su zona y disponer, así, de las condiciones de seguridad adecuadas para poder realizar la filmación. El jefe autorizó la realización del filme con la condición de que la mayoría de los actores y extras fueran habitantes de la propia favela.

A lo largo de la película, vemos cómo se transforma la Ciudad de Dios: desde una periferia semi-rural hasta una favela completamente urbana, y también vemos el crecimiento de los personajes: Desde su niñez hasta su adolescencia o adultez joven. No obstante, algo permanece constante durante esas décadas: el continuo de violencia que azota a toda la comunidad, pero particularmente a la gente joven, sean hombres, mujeres o niñeces.

Disparos. Drogas. Venganza. Toques de queda. Violencia sexual. Feminicidios. Sirenas. Corrupción. Criminalización. ¿Existe el futuro en un lugar así? ¿O la velocidad de las balas son incluso más rápidas que el mismísimo tiempo? Al final de la película podemos observar incluso cómo la violencia se pasa de generación en generación. Aunque Buscapé logra salir de ese bucle al convertirse en fotógrafo (esto no es spoiler, se deja entrever desde la primera escena de la película), la realidad es que la mayoría de las personas jóvenes difícilmente logran conseguir una oportunidad que les de acceso a la movilidad social, al menos en mi país, México, y en la mayoría de los países del Sur Global.

Juvenicidio

Porque aunque en el inicio del párrafo anterior menciono algunos de los elementos que aparecen en la película, ese retrato de la realidad de una favela en Río de Janeiro, no está tan alejada de nuestros contextos latinoamericanos y, particularmente, del mexicano: Desempleo, violencia, adicciones, ansiedad, crisis de salud pública, narcotráfico, depresión, desapariciones, nulo acceso a la vivienda, feminicidios, terror, tratamientos psiquiátricos, pedagogías de la crueldad, crisis climática, desplazamiento forzado, suicidios, nota roja pegada en las paredes del transporte publico. Latente preocupación que ahora ocupa el espacio que antes habitaba un corazón. Aunque se suele criminalizar a las personas jóvenes por ser “antisistema”, en realidad, vivimos en un sistema que es antinosotrxs.

Por ello, recurro al concepto de juvenicidio, creado por el teórico, investigador y docente mexicano José Manuel Valenzuela que usa para describir el asesinato sistemático de personas jóvenes y a las condiciones y procesos sociales que lo permiten, que van desde la precarización económica hasta la estigmatización y construcción de identidades juveniles desacreditadas. En palabras más sencillas: Nos matan por ser jóvenes, pero no solo por ser jóvenes, sino por ser mujeres y jóvenes, pobres y jóvenes, estudiantes y jóvenes, indígenas y jóvenes, etcétera.

- El 28% de las víctimas de feminicidio -denunciados, investigados y clasificados por la ley como tal- en Latinoamérica tendrían entre 15 y 29 años (CEPAL, 2024)

- En América Latina asesinan a 16 personas jóvenes -entre 15 y 29 años- por cada 100,000 habitantes. La mayor tasa de personas jóvenes asesinadas en todo el mundo. (UNODC, 2019)

- El 32% de las personas desempleadas en América Latina tiene entre 18 y 25 años y casi la mitad de las personas que SÍ tienen empleo en este rango de edad, sufren condiciones de precariedad laboral (OIT, 2025)

- En México, se suicidan 15.4 personas jóvenes por cada 100,000 habitantes. (INEGI, 2025).

Para colocar los datos de una manera que de verdad represente la gravedad del asunto: Si te graduaste de la escuela en el 2024 y en tu grupo había 25 mujeres, 7 de ellas podrían ser víctimas de feminicidio por el simple hecho de ser mujeres antes de cumplir 30 años.

- Si tu escuela tiene 1000 estudiantes, 1 de cada 6 de ellos, podría ser asesinado.

- Si tienes 10 amistades que tienen entre 18 y 25 años, 3 de ellas están desempleadas y 4 tienen un empleo en el que no tienen contrato, no tienen vacaciones, ni sueldos dignos.

- En México, si ingresas a una escuela que tiene 5,000 estudiantes, 77 de ellxs podrían suicidarse antes de su cumpleaños número treinta.

El juvenicidio, además, no se refiere solo al asesinato físico de nuestros cuerpos jóvenes, sino también, al aniquilamiento de nuestros proyectos de vida y de nuestros sueños. Es decir, se refiere también un asesinato simbólico.

En la película, vemos como Buscapé consigue trabajar en un periódico encargándose de repartir los diarios todas las madrugadas. En México, incluso eso es difícil de conseguir, teniendo en cuenta que cada vez son más comunes las ofertas de empleo falsas, que derivan en desapariciones, feminicidios y hasta la localización de un campo de entrenamiento y exterminio de un cártel del narcotráfico en el estado de Jalisco. En la Cidade de Deus, podemos ver, como apunta la crítica académica de esta cinta: “evita cualquier tipo de moralización”, pero al mostrar las causas y consecuencias de forma casi clínica, la conclusión es inevitable: este infierno es el producto deliberado de políticas de Estado y de un modelo económico que no solo tolera la desigualdad, sino que la necesita para funcionar. El juvenicidio moral -término que acuñaron los teóricos Feixa, Cabasés y Pardell- opera precisamente así: condenando a los jóvenes a la marginalidad para después estigmatizarlos como peligrosos y criminalizarlos, justificando así, su persecución y exterminio. De joven promesa a lista de rechazados por Recursos Humanos. De jóvenes con sueños a adultxs agotadxs. ¿Qué nos queda a lxs jóvenes?

“qué les queda por probar a los jóvenes

en este mundo de rutina y ruina?

¿cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?

les queda respirar / abrir los ojos

descubrir las raíces del horror

inventar paz así sea a ponchazos

entenderse con la naturaleza

y con la lluvia y los relámpagos

y con el sentimiento y con la muerte

esa loca de atar y desatar

¿qué les queda por probar a los jóvenes

en este mundo de consumo y humo?

¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?

también les queda discutir con dios

tanto si existe como si no existe

tender manos que ayudan / abrir puertas

entre el corazón propio y el ajeno /

sobre todo les queda hacer futuro

a pesar de los ruines de pasado

y los sabios granujas del presente.”

- Mario Benedetti

Buscapé es la excepción a este contexto. Es pobre, es racializado y vive en la misma favela donde Zé Pequeño, el ¿antagonista? siembra terror. No obstante, en vez de apuntar con un arma, apunta con una cámara. La cámara es el modo que encuentra el protagonista de salir de este contexto. La cámara, además de ser una herramienta, simboliza la esperanza.

Ante este panorama que vivimos las juventudes, la desilusión, la rabia y el desconsuelo son emociones válidas. Sin embargo, siempre nos queda la esperanza. La esperanza es necesaria para la supervivencia, pero, también, es un deber político. La esperanza no es de cobardes, como mucha gente cree. La esperanza es para valientes, para aquellxs que se atreven a imaginar futuros diferentes.

La filósofa colombiana, Laura Quintana, nos dice: “la emancipación ocurre solamente cuando imaginamos el mundo de otra manera”. Si las juventudes no tenemos espacio en este mundo, otro mundo hemos de crear y si no nos dejan soñar, entonces no los dejaremos dormir.

SANTIAGO ÁVLIA

COLABORADOR

Lic en Comunicación Social por la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco.

Me gusta zarpar hacia la utopía, pero mi corazón late al ritmo de un naufragio. ¿Escritor? ¿Artista? ¿Empleado? ¿Joven? ¿Anciano? Mi única vocación es descubrir que nunca soy quien creo ser.