CREACIÓN, DESPEDIDA Y LA MUERTE DEL AUTOR
Han pasado ya años desde la muerte de estos autores. En sus últimos momentos de vida, sus obras nos narran su prematuro encuentro con la muerte.
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Por Mariana Rumbao
9/30/202611 min read


Llevar toda una vida creando solo conlleva un fuerte sentido consciente del día a día.
Ser autor es ser creador, padre y guía de la emoción; y cuando se vive de todo, de todo igualmente hay por contar. E incluso en la partida, las ideas emergen previas a dejar el mundo, es imposible callar la musa del que crea. Es importante decir que no se puede contemplar en el arte el vacío de una vida que no ha vivido. Cuando se escribe, se siente, se experimenta y se plasma la vida misma, reconociendo a la muerte como aliada. Para direccionar el arte, hay que reconocer primero que se ha vivido y estudiado también el arte en su forma, y no plasmar lo primitivo de algo que no se entiende todavía. La vida trae consigo atisbos de pérdida que se aprenden a contemplar o a sufrir. Para crear, hay que saber perder. ¿Qué mejor forma de narrar la vida sino en su final?
El autor es quien promueve y gesta la obra artística/intelectual. La alimenta idea por idea hasta su nacimiento, y en su génesis, termina por conmover a los sensibles (después de todo, el arte es sensibilidad) y por sembrar semillas de entusiasmo. El autor es la fuente, el creador de un ciclo interminable de inspiración mutua. ¡Qué hermoso es ser inspirado por aquellos que entienden de la vida! Y también por aquellos que luchan por entenderla (o la entendían más de lo que creemos), como nuestra amiga íntima Pizarnik, quien acogió a muchos corazones femeninos en sus guerras internas y a quien exploramos, junto con otros 3 artistas, sus legados para el mundo.
Julio Cortázar
Marcos Ordóñez, un escritor y dramaturgo español, dijo una vez sobre Cortázar “sus cartas confirman que nunca hubo diferencia entre lo que vivía y lo que escribía”. A través de sus poemas conectaba, sin saberlo, con todos los que decidían leerlo. Su último año fue un viaje incierto, con el pasado como compañero de al lado y una enfermedad punzante al volante. Estaba rodeado del concepto de pérdida, justo un par de años ya había fallecido su esposa Carol Dunlop. “Salvo el crepúsculo” fue la última obra publicada el mismo año de su muerte. En sus páginas, aromatizadas de nostalgia, el poeta decidió recopilar cuatro décadas de su vida. Tinta y letras cargadas de juventud, añoranza y posterior madurez. Su despedida de sí mismo ante el mundo. Pero ese no fue su último trabajo conocido; lo fue Negro el 10, un escrito para acompañar el proyecto conceptual de su fiel amigo Luis Tomasello, en el que aprovechó para hablar de la vida y la muerte. El abismo negro, el de morir y nacer.
Encerrado en París hace 40 años moría Cortázar, entre paredes blancas del hospital Saint Lazare. Tomasello llevaba un tiempo escoltando a su amigo a revisiones médicas. Era la tercera vez que lo buscaba en casa después de una recaída física y ahí estaba él, paciente, impoluto. “Si esta pelea fuera a siete rounds, la gano, Luis. Pero a doce no creo”, compartió con su amigo antes de abandonar una última vez su estudio. Ahí Tomasello supo que no 0volvería a buscarlo a casa, porque Julio no regresaría a ella. O al menos lo haría cuando lo revivieran en cartas y recuerdos, porque solo un autor vence a la muerte cuando su alma queda resguardada en sus trabajos.
«Empieza por no ser. Por ser no. El Caos es negro. Como es negra la nada.» Decía el manuscrito de 10 fragmentos. Todo empieza en la nada, hasta que se vuelve algo. El escritor argentino se enfrentó a su muerte, pero no le temía ni la evitaba; intentaba abrazarla recordando que es el origen de todo. Ya estaba cansado de combatir a un enemigo desconocido, la leucemia figuraba en su informe oficial, aunque se ha mencionado que esa enfermedad (misteriosa en su tiempo) en realidad pudo haber sido sida; ese es, sin embargo, un debate para otro momento. En las páginas ilustradas con una secuencia de cuadrados negros en expansión, Cortázar reflexiona sobre la esencia de las cosas, aceptando que incluso la negra tinta de sus escritos carga consigo el potencial de dar vida a sus palabras. «Pero el negro se ahínca primigenio. Toda luz en el carbón se abisma, en el basalto.»
Continúa el poema. El negro es, en conceptos de color, la ausencia total de luz, pues absorbe las ondas de esta. El negro solo existe porque la luz también lo hace, contemplar su infinita oscuridad es también recordar que los colores alguna vez se encontraron con él. Cortázar sabe que el final se aproxima y lo escribe; escribe la muerte porque antes hubo vida. El escrito detalla su experiencia conociendo a la espectadora fantasma, aquella que aguarda entre esquinas y sombras, y la misma que corta limpiamente el alma del cuerpo. Muerte.
«Portulano para tierras nunca abordadas» escribe preparándose para su próximo viaje, uno que ya conocía. Retorno al que comenzó un 12 de febrero, con boleto de ida junto al pez abismal de los orígenes, tal como lo relataba en Negro el 10, en cuyo título, curiosamente, ya estaba la cifra que se acercaría a su fecha de fallecimiento. Así culmina la última metamorfosis de Julio Cortázar y su profunda conexión con el otro lado antes de partir. “Tu sombra espera tras de toda luz.”
Jean-Luc Godard.




Alejandra Pizarnik
Al igual que en un intercambio de cartas entre Julio y Pizarnik, es imposible no continuar con ella y con sus frecuentes encuentros con la muerte. Sí, la muerte, tantas veces mentada por ella en sus obras. Dulce y terrible anhelo se manifestaba tanto en sueños como en paisajes vivos que la espiaban mientras seguía despierta. Sus trabajos no pueden reducirse al sufrimiento que pasó en vida. Pizarnik fue, sin ninguna duda, una poeta y escritora de gran intelecto que indagaba y narraba con brutal exactitud las relaciones humanas y el vínculo entre cuerpo y alma. Las palabras navegaban por territorio indomable; las emociones, como bestias que aún no podía controlar, cargaban en sus espaldas todo el peso del significado y el de sus pasiones. Su mente fue completamente entregada al único propósito de escribir su poesía como catarsis, como aceptación de su sufrimiento.
Sus primeros años ya la adormecieron de toda alegría. Hija de inmigrantes judíos de Europa del Este, creció marcada por el desarraigo y por el horror del Holocausto, que alcanzó a parte de su familia. Era emigrante de sí misma, un rostro que no reconocía y que sobre todo no deseaba. A esto se sumaron problemas de autoestima que la revolvían, haciéndola cuestionarse por su sobrepeso, su tartamudez y su acné, que la hacía sentirse fuera de lugar. Con una depresión acosadora desde la adolescencia, comenzó a escribir en su diario. A los 18 años ya consideraba la idea de desaparecer. «He de escribir o morir» podía leerse en sus páginas por aquellos tiempos. Sus obras La última inocencia (1956) y Las aventuras perdidas (1958) son un manifiesto continuo de su (des)esperanza por cumplir sus deseos. Irse de una vez por todas y dejar de sufrir, porque mientras Alejandra siguiera escribiendo, no existiría una Alejandra capaz de gozar. Una Alejandra que no escribe es una que dejó de adolecer, que siente paz, que ya no tiene motivos para obsesionarse con el dolor y las vísceras. Una que ya no tiene motivos para obsesionarse con la muerte pues finalmente es alcanzada.
Si Alejandra Pizarnik escribiera, sufriría, porque significa que aún intenta lidiar con sus demonios. «He sufrido tanto que ya me expulsaron del otro mundo. Escribir es querer darle algún sentido a nuestro sufrimiento». Ya de adulta, esos padecimientos iniciales se transformaron en depresiones severas, episodios psicóticos, delirios e intentos de suicidio. Sus diarios no fueron más que las raíces de una tristeza sin solución. El 25 de septiembre de 1972, Pizarnik solicitó permiso para salir de la clínica. Esa misma madrugada se despojaría de sí misma. Escribió en la pizarra de su estudio «No quiero ir nada más que hasta el fondo», y esa frase fue su última obra. Concibió el cuerpo como el lugar de la escritura, “el cuerpo como poema mismo”, como se expresa en Clepsydra, revista de la Universidad de La Laguna.
Su muerte fue el epílogo de toda su poesía. No hay mayor interpretación que la de una mujer que dedicó toda su vida a su escritura y a su dolor; su escritura, una forma de coexistir con la herida. No había vida en la guerra mental de Alejandra, solo un largo camino de flechazos y cicatrices. Cuánto desearíamos muchas de nosotras haberte ayudado, así como tus palabras ayudaron a tantas a entenderse y consolarse, y a reinterpretar la ausencia del ser. Sin duda, Alejandra fue más valiente que cualquiera al atreverse a enfrentar la soledad absoluta de sí misma.


Jean-Luc Godard
Si hablamos de poesía, también hablamos de Godard, quien descubrió una nueva forma de manifestarla. Llevar al extremo los deseos de experimentar y expandir el universo es justamente lo que hace este cineasta, que en su lenguaje audiovisual explora mundos a los que antes solo llegaban el papel y el lápiz. Scénarios fue su último trabajo y el título ya lo dice todo. En el cine clásico se puede decir que un scénario es el documento que precede al rodaje, la estructura, el plan, lo que va a suceder. Godard, que toda su vida se rebeló contra la tiranía del guion preescrito, eligió esa palabra para nombrar su final. Su vida se convirtió en el scénario de su muerte. Nunca estuvimos listos para la mente anárquica y antiestructura de Godard. Crear solo por la riqueza intelectual que otorga hacerlo.
Scénarios es un cortometraje de 18 minutos que funciona como un collage de ideas yuxtapuestas, apoyándose en una sucesión de dibujos o escenas de películas con un fuerte mensaje antibelicista. Su estreno tuvo lugar en exclusiva en Cannes, por lo que lo poco que se sabe de él se debe a los análisis y las descripciones de críticos que relatan lo que vieron. Por ahora, solo unos pocos han tenido la oportunidad de indagar en la mente de Godard en su último día. El filme está dividido en dos partes: “ADN, elementos fundamentales” e “IRM, Odisea”, dos sesiones que empiezan con las mismas imágenes. «Tomar un caballo blanco para ilustrar el hecho de que los caballos no son caballos es menos efectivo que tomar no caballos para ilustrar el hecho de que los caballos no son caballos» es la frase de Jean-Paul Sartre que Godard escribe y recita con cuaderno sobre sus piernas al cerrar el corto.
Su partida fue decisión fríamente calculada. Godard dijo en 2021: "Completaré estos dos escenarios y terminaré mi carrera cinematográfica, mi vida como director de cine. Y me despediré del cine" y logró cumplir esta promesa al año siguiente, un 13 de septiembre mediante un suicidio asistido en Suiza, a los 91 años. Justo después de grabar Scénarios. La última obra del cineasta fue capturada en la víspera de su muerte, aunque no es un testamento en el sentido pasivo de la palabra. Es una película que se filmó a sí misma mientras su autor se filmaba muriendo. Godard dejó un plano final en el que su cuerpo desnudo y su pensamiento citando a Sartre se convierten en un grito de rebeldía, incluso después de tantos años, demostrando que nunca separó la vida del cine. Tampoco lo haría su muerte. Hacer algo así fue, quizás, la única forma que Godard concebía de morir, con la cámara encendida.
David Bowie
El domingo 10 de enero de 2016, la historia del rock daría un vuelco y ni siquiera sabríamos por qué. Y es que el Hombre Estrella que bajó del cielo para regalarle a la humanidad melodías coloridas y electrónicas estaba listo para regresar allá arriba, donde pertenecía. Estaba listo para Blackstar. El final (calificado por Rolling Stone) más dramático del rock. ¿Y cómo no iba a serlo, si aquello estaba siendo organizado de la mano del mismísimo rey del show? Bowie trabajó entre bastidores como solo él sabía hacerlo para encarnar sus pensamientos sobre la vida. Creó un sonido low, lleno de texturas lúgubres y electrónicas, que adornaba con su voz áspera llena de madurez; pero también jugó con la seriedad que requería el mensaje, apropiándose de un sonido experimental del jazz. Nadie sabía que llevaba dieciocho meses luchando contra un cáncer de hígado hasta que llegó la noticia, pero ya era demasiado tarde: Blackstar ya había adquirido otro significado. No más Starman. Ahora solo quedaba una enorme estrella negra en el cielo despejado, y ese era Bowie.
Canciones como “Lazarus” o “Sue” son el testimonio más directo de cómo se sentía sobrellevando el secreto del contrarreloj, pero también ese mismo secreto fue un alivio para muchos fans, pues el superhéroe alienígena sabía que era una carga que solo él debía llevar. Todos recordarán su fallecimiento como el día en que su música adquirió otro tono. Todo en Blackstar estuvo preparado como lo más grande; Bowie sabía que no estaría para ver la respuesta de su gente, así que lo que pasara después era exclusivo para ellos. Una experiencia solo para sus fans, un regalo de despedida. Todo, desde el lanzamiento del álbum hasta su fallecimiento, fue su última obra. Como se ha repetido constantemente en este artículo, quien crea no logra separar sus ansias de continuar haciéndolo incluso en la precariedad. El autor tiene una necesidad irremediable de llevar su obra hasta el final. Solo creando se vive en la obra, y para Bowie esta era su forma de decir: “¡Ey! Aún no es mi hora; yo decidiré cómo y cuándo me iré”. Y efectivamente así fue, porque incluso hoy, Blackstar sigue siendo recordado como el gran final de una era, la del buen rock.
You know, I'll be free Just like that bluebird / Now ain't that just like me? / Oh I'll be free. Claro que es libre. Y claro que ahora es un azulejo. Es raro sentir afecto por un autor. La admiración siempre brilla demasiado y a veces opaca el afecto. Pero cuando se logra sentir, es profundo y sincero. Esos autores que antes se veían lejanos los sentimos como amigos, como guías o mentores. Todos unos sabiondos de la vida, de las pasiones. El autor es sensible, crea y no puede dejar de hacerlo; sufre porque es parte del camino. Las cicatrices no se pueden ocultar, se muestran sangrantes para que recuerdes y no dejes de hacerlo, para que recuerdes que ellos estuvieron ahí y que tú no estás solo. Tal vez solo es mi sensiblería natural saliendo en voz alta, porque no necesariamente aquello significa que su obra sea para un externo; para nada, nunca sería así. La obra es solo por y para el autor, porque le permite sentirse vivo.
Quien crea no puede dejar de hacerlo… si lo hace, muere. Pero ellos han demostrado que en la muerte incluso se puede crear, así como Bowie o Pizarnik. Es triste cuando el autor muere, cuando su obra se tiñe de emociones nostálgicas y muta, y de repente todo cobra más sentido que antes. El afecto que se han ganado de sus lectores y de las personas que contemplan sus trabajos es inmenso. Por eso se llora, se llora y se agradece por sus obras en el mundo. Porque ayudaron a sentirlo todo intenso, pero seguro.




