DEATH CHIC: EL MITO DE LA BELLEZA QUE CONSUME
Los peligros de un estándar que ha dominado por siglos.
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Por Majo Cuevas
8/3/20267 min read


"Verse enferma significaba verse vulnerable, sensible, débil y fácil de controlar, cualidades consideradas “atractivas” para una mujer dentro del sistema patriarcal capitalista."
— Jessica DeFino, It's Hot To Look Ill
No es la primera vez que la cultura convierte un cuerpo al borde del colapso en un ideal de belleza. A lo largo de la historia, las mujeres hemos estado expuestas a estándares de belleza impuestos por una industria para la que nuestro bienestar nunca ha sido una prioridad. Una industria que, una y otra vez, ha convertido nuestros cuerpos en mercancías, moldeando el ideal estético según las necesidades del mercado de cada época. En el siglo XIX fue el Consumptive Chic; en los años noventa, el Heroin Chic; hoy, el regreso de la delgadez extrema impulsado por la cultura de los fármacos para adelgazar y las redes sociales. Surgieron en épocas y contextos distintos, pero comparten la misma lógica: convertir la fragilidad física, la delgadez extrema y la apariencia enfermiza en símbolos de belleza, disciplina y estatus. Me refiero como Death Chic a la persistente idealización de un cuerpo que parece consumirse: un mismo ideal estético que, desde hace más de dos siglos, convierte la extrema delgadez, la fragilidad y otros rasgos asociados con la enfermedad en atributos de belleza, reinventándose en cada época bajo distintas narrativas.
La tisis y el nacimiento de la belleza fatal.
La tuberculosis conocida durante siglos como tisis, consunción o la peste blanca, es una enfermedad infecciosa causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis, que afecta principalmente a los pulmones y se transmite por el aire. Paradójicamente, entre finales del siglo XVIII y gran parte del XIX, sus síntomas se convirtieron en un ideal de belleza femenino. Mientras la enfermedad cobraba millones de vidas, la moda comenzó a romantizar el aspecto de quienes la padecían: la piel pálida fantasmal, la delgadez extrema, las mejillas encendidas por la fiebre, los labios rojizos, los ojos brillantes y esa apariencia de agotamiento permanente dejaron de leerse como señales de enfermedad y pasaron a ser atributos deseables.
En otras palabras, el estándar de belleza consistía en parecer que se estaba al borde de la muerte. Este ideal se reflejó en la pintura, la literatura, la poesía y el teatro: la figura femenina delicada, melancólica y consumida por la enfermedad fue representada una y otra vez por artistas románticos y prerrafaelitas. Mientras tanto, muchas mujeres sanas intentaban imitar esa apariencia con corsés extremadamente ajustados y cosméticos hechos con sustancias tóxicas como el arsénico, el mercurio, la belladona, el amoníaco e incluso derivados del opio. La enfermedad dejó de ser solo una tragedia médica: se convirtió también en una aspiración estética.
Mijaíl Nesterov | A Sick Girl (1928). La belleza asociada al cuerpo enfermo y consumido.


Death Chic: el mismo ideal con distintos nombres.
Nos encontramos frente a un problema que llevamos siglos repitiendo: la facilidad con la que la cultura recicla el mismo ideal de "belleza", invitándonos a desear un cuerpo que luce más enfermo que sano. Cambian las afecciones. Cambian las drogas. Cambian los medicamentos. Cambian los algoritmos. Pero el mecanismo permanece intacto: hacer que las mujeres persigan el estándar de belleza dominante en cada época y convencerlas de que su valor depende de qué tan cerca estén de él; una idea sustentada por un sistema que nos quiere más ocupadas tratando de alcanzar un ideal enfermando nuestro cuerpo y debilitándonos para que nos enfoquemos menos en las cosas que importan y por las que debemos estar fuertes, presentes y ocupando un espacio.
La delgadez extrema y la apariencia enferma ha sido presentada como elegancia, disciplina, estatus o autocontrol. Hoy sabemos que, detrás de esos discursos, muchas veces se esconden trastornos alimentarios, adicciones y problemas de salud física y mental. Ha llegado el momento de dejar de cambiarle el nombre al mismo mito y empezar a cuestionarlo. De comprender que los cánones de belleza que perseguimos no nacieron de nuestros propios deseos, sino que son construcciones culturales que aprendimos a admirar. Nos han enseñado a sentir que nuestro cuerpo nunca es suficiente, y esa insatisfacción ha sido convertida en un negocio, una industria y un mecanismo de control. Porque ningún estándar que nos acerque a desaparecer merece llamarse belleza. La belleza nunca debería exigirnos enfermarnos, reducirnos o volvernos invisibles para ser consideradas valiosas.
Marie Duplessis (1824–1847), retrato del siglo XIX.


David Sorrenti, fotografía de Milla Jovovich (década de 1990) La fotografía de David Sorrenti representa el auge del Heroin Chic: una estética marcada por la delgadez extrema, la palidez y una apariencia frágil que retomó códigos visuales de vulnerabilidad y desgaste físico similares a los del Consumptive Chic.
El Heroin Chic: cuando la enfermedad volvió a ponerse de moda.
"La industria de la belleza que idealiza la estética de la enfermedad es profundamente capacitista. La enfermedad solo se considera atractiva si parece deliberada, si comunica riqueza y si requiere dinero y esfuerzo para sostenerse."
— Heroin Chic and the Price of Beauty, Georgetown Voice.
Un siglo después, esa misma lógica reapareció con otro nombre. Durante la década de los noventa surgió el Heroin Chic, una tendencia estética que convirtió en aspiracional una imagen inspirada en los efectos físicos asociados al consumo de heroína: cuerpos extremadamente delgados, piel pálida, ojeras pronunciadas, expresiones ausentes y una actitud de aparente indiferencia. Sus principales exponentes fueron fotógrafos, modelos, estilistas y marcas que consolidaron una estética marcada por la fragilidad física, la vulnerabilidad y una “belleza” alejada del glamour tradicional. Sin embargo, es importante señalar que no todos sus creadores buscaban promover una imagen de enfermedad o idealizar el consumo de sustancias; en muchos casos exploraban la juventud, la intimidad, la imperfección y una reacción contra la perfección artificial de la publicidad de décadas anteriores.
Uno de los fotógrafos más asociados con la consolidación visual del Heroin Chic fue Davide Sorrenti, un joven fotógrafo cuya obra ha quedado estrechamente vinculada a esta estética. No obstante, reducir su trabajo únicamente a esta etiqueta resulta limitado. Sorrenti no buscaba glorificar la enfermedad ni convertir la fragilidad física en un ideal aspiracional. Su fotografía surgió desde un lugar mucho más íntimo: una mirada cruda y emocional sobre la juventud, la vulnerabilidad y los cuerpos reales que habitaban la escena alternativa de los años noventa. Sus imágenes rechazaban la perfección pulida de la fotografía de moda tradicional y capturaban momentos espontáneos, relaciones personales y una belleza imperfecta.
Diagnosticado con una enfermedad genética que afectaba sus huesos, Sorrenti vivió de cerca la relación entre el cuerpo, el dolor y la fragilidad. Esta experiencia influyó en una mirada fotográfica marcada por la sensibilidad hacia lo vulnerable, aunque posteriormente la industria de la moda reinterpretó sus códigos visuales y los convirtió en una tendencia estética. Tras su muerte en 1997, a los 20 años, su trabajo quedó inevitablemente ligado al auge del Heroin Chic. La etiqueta simplificó una obra mucho más amplia y compleja: la industria tomó elementos presentes en sus fotografías y los separó del contexto humano que les dio origen para transformarlos en una imagen comercial. El Heroin Chic también apareció en un momento histórico particular. Durante las últimas décadas del siglo XX, las mujeres habían logrado una mayor presencia en el espacio público: aumentó su participación en la educación superior, el mercado laboral y los debates políticos internacionales.
La década de los noventa estuvo marcada por la consolidación de movimientos feministas, incluida la llamada Tercera Ola del Feminismo, y por hitos como la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de Naciones Unidas en Beijing en 1995, que estableció una agenda global para la igualdad de género y el empoderamiento femenino. Sin embargo, este avance social convivió con una intensificación de las presiones sobre el cuerpo femenino. Mientras las mujeres ganaban mayor autonomía en ámbitos económicos y profesionales, la industria cultural y publicitaria continuaba imponiendo nuevos ideales de belleza cada vez más exigentes.
Como plantea Naomi Wolf en The Beauty Myth, los estándares estéticos pueden funcionar como mecanismos de control: consumen tiempo, dinero y energía, y desplazan la atención hacia la apariencia. Desde esta perspectiva, el auge del Heroin Chic puede entenderse como parte de una tensión cultural de los años noventa: una época en la que las mujeres ampliaban sus libertades, mientras sus cuerpos seguían siendo sometidos a nuevas formas de vigilancia y perfección.
El regreso de la delgadez extrema.
Tres décadas después, la estética cambió de nombre, pero el discurso resulta inquietantemente familiar. Hoy la conversación gira en torno al llamado "Ozempic Body", impulsado por la popularización de medicamentos como la semaglutida y otros tratamientos originalmente desarrollados para la diabetes y el manejo de la obesidad, cuyo uso con fines estéticos ha crecido de forma notable. La extrema delgadez vuelve a ocupar portadas, redes sociales y alfombras rojas. A diferencia del Heroin Chic, este nuevo ideal ya no se asocia con la rebeldía o el consumo de drogas, sino con la disciplina, la optimización y el acceso a tecnologías médicas capaces de transformar el cuerpo. Sin embargo, el resultado visual sigue siendo sorprendentemente parecido: cuerpos cada vez más delgados, rostros angulosos, clavículas marcadas y una constante celebración de la reducción del cuerpo femenino. Cambian las herramientas, pero permanece la misma lógica.






Imagen1: Mario Sorrenti para Calvin Klein Obsession (1993) | Kate Moss.
Imagen 2: Nan Goldin para Matsuda (1996) | Jaime King.
Imagen 3: Namilia Spring/Summer 2025, Berlin Fashion Week (2024).


