FRENTE A FRENTE CON: BRONTIS JODOROWSKY
Platicamos con el actor franco-mexicano sobre el montaje de su obra El Gorila y su carrera pasada, presente y futura.
CINECINE DE EUROPACINE MEXICANOENTREVISTA
Por María José Aguilar
4/13/202613 min read
Antes de ser actor existe Brontis como persona. Naces aquí en México, eres de padre chileno y de madre francesa, pero igual pasas bastante tiempo en Francia. ¿Cómo influye en ti esa mezcla de lugares y de maneras de vida?
Cuando eres niño vives en un país, pero vives sobre todo en tu casa, ese es tu “país”. Te influencian primero tus padres, tus hermanos; más tarde, tu escuela, la sociedad. Cuando yo era chico, mi padre me decía: “tu patria es la suela de tus zapatos”, una paráfrasis —como lo descubrí más tarde— de una frase de Danton durante la Revolución Francesa. Yo y mis hermanos somos hijos de una generación que quería cambiar el mundo. Esa generación de los que eran jóvenes o jóvenes adultos en los años sesenta. Las nociones de patria, de país, de bandera, de fronteras, todo eso les parecía absurdo. No crecí en un ambiente en el que se me decía “tu identidad es esta”, sino que ser libre, de mente abierta. Luego, con el tiempo, me di cuenta de que hasta cierto punto sí necesitas identidad y raíces, y que, en cierto modo, sí estás misteriosamente ligado con el lugar donde naciste. Yo sí tengo un lazo con México, porque aquí nací, viví parte de mi infancia acá, tengo amigos de mi infancia acá, la comida me encanta y estás muy arraigado a través de lo que comes en los primeros años de tu vida. Con tu mamá, porque comes de su teta; luego todos los sabores de tu infancia te marcan de manera muy profunda.
Mi padre es chileno, pero él mismo era de una familia de inmigrantes: sus abuelos escaparon de Europa del Este, llegaron a Chile, fueron obreros agrícolas, luego comerciantes. Tiene una personalidad muy chilena, en la medida en que todos los chilenos son poetas y que le encantan los helados. A la vez, vivió toda su infancia con el sentimiento de no pertenecer a esa tierra, porque era de piel muy blanca, en un país en el que casi todos eran muy morenos, en el norte de Chile. Era, además, judío y padeció el antisemitismo cuando era chico. Mi madre era francesa, sí, y también viví varios años en Francia. ¿En qué me influenció? Pues basta decir: la cultura francesa. Enfin, en tanto que ser humano, sentimos esa necesidad de identidad, porque somos seres sociales: la identificación crea comunidad, crea sentimiento de pertenencia. Si no tenemos identidad y pertenencia, estamos en peligro de muerte psíquica, en cierta manera. Cuando eres niño, eres como una esponja: tomé algo de todos mis cambios de país; también vivimos un poquito en Nueva York. Todo te crea una identidad, una raíz; luego tú decides con cuál te quedas o no.
Como dices, uno aprende todo en casa, y vienes de una familia artística, tus hermanos están igual en este rollo artístico. Hay familias donde todos son abogados, panaderos, sastres. ¿Cómo es vivir con una familia donde todos están inmersos en algo tan poco convencional?
Primero tengo que aclarar que no soy como Atena. También nací de una madre; ella también era actriz y tuvo un momento en su vida muy artístico. Como tú das el ejemplo de los abogados, los panaderos, los sastres, las cosas se transmiten por capilaridad, por interés, porque tú estás al contacto de eso. Hay también muchos hijos de actores o de directores que odian el teatro y el cine y hacen totalmente otra cosa. En mi familia a nadie se le pidió ser artista. Había más bien una idea muy importante para ellos, importante para esa generación: la de libertad. Se nos dejó muy libres de niños, a mí y a mis hermanos, de ser lo que queríamos ser. Yo, durante mi niñez aquí en México, hice cuatro películas. Luego hubo el proyecto de Duna que hizo mi padre; iba a actuar a Paul Atreide y me preparé para eso durante dos años, hasta los 14, pero se cayó el proyecto. A partir de ahí yo tuve otras perspectivas: ser veterinario, luego piloto de avión, luego quería ser psiquiatra para niños, pero el azar me llevó con unos amigos a unas clases de teatro; un alumno no vino, me pidieron que lo reemplazara, y ahí dije: “ah, esto es lo que quiero hacer, aquí quiero ir a descubrir el mundo y descubrirme a mí mismo”. Fue como un shock, una revelación. [Mi hermano] Adán se orientó hacia la música bastante temprano, pero fue algo natural porque su mamá cantaba mucho, tocaba el piano en la casa. Él se puso a hacerlo también, como para encontrar la relación más directa con su madre. También hay mecanismos muy subterráneos que te llevan hacia el arte en general; es un camino de búsqueda de ti, a veces es el lugar donde puedes expresar cosas que no puedes expresar de otra manera. Durante un periodo de mi niñez, mi madre trabajaba como actriz. Fuimos a Polonia, y se pasaba el día ensayando, haciendo trainings con el grupo de Grotowski en el Teatro Laboratorio de Wroclaw. Yo estaba en un internado, mi padre vivía en México, donde era director de teatro. Ya adulto, un día me pregunté: “¿por qué quise ser actor?, ¿de dónde salió eso?”. La respuesta que encontré es que, inconscientemente, busqué estar donde mis padres estaban cuando no estaban conmigo; esa es la versión triste. Otra versión es que es un lugar extraordinario para explorar muchas dimensiones del ser humano, del alma humana.
Tengo dos hijas, Alma Luna y Rebecca Libertad. Alma es hoy actriz y directora. Desde los cinco años quería vivir eso y me pidió que la inscribiera en clases de Bharatanatyam, el baile hindú. Por su lado, Rebecca declaró durante su adolescencia: “¡yo no quiero estar en el mundo artístico, no quiero ser actriz!”. Pero acabó por querer tomar clases de teatro. Hizo un curso de tres años en una muy buena escuela, pero cuando se diplomó llegó el COVID y toda esa generación que salía de la escuela de teatro no pudo lanzar su carrera por el confinamiento y la epidemia. Ahora es feliz de ser DJ internacional. Estuvo de gira aquí hace poco y regresa este mes de junio. Encontró su camino, que es, a su manera, artístico, relacionado con la música, el baile y la comunidad. Dentro de lo que nos caracteriza como especie, como seres humanos, que nos diferencian de los animales, hay algo: hacemos arte… Bueno, las aves cantan y sus cantos son naturales, es su estado normal. Ser artista quizás sea entonces, al contrario, una manera de volver a acercarnos a la naturaleza. En vez de preguntarse por qué uno es artista, uno debería probablemente preguntarse: “¿por qué no lo soy?, ¿qué me pasa?, ¿qué me inhibe?, ¿qué hace esta sociedad, que no somos todos artistas?”. La buena pregunta sería más bien esa: ¿cómo es en una familia donde no hay arte?
Has hecho teatro y cine en Europa y Latinoamérica. ¿En qué se diferencia tu proceso creativo entre estos dos medios?
Son prácticas cercanas, pero son técnicas distintas. El cine es muy técnico. Lo que el público recibe de un personaje es una obra colectiva: del actor, claro, pero también influye el ángulo con el que está filmado, la luz, el montaje, la edición, qué secuencia viene antes y cuál después; todo eso determina lo que sientes con ese personaje. Cuando estás haciendo cine, el foco es importante: al preparar la toma, te ponen una marca en el suelo. Tú estás involucrado en tu escena, una gran escena de amor o de drama, con toda la emoción, pero tienes que pensar en detenerte en la marca, porque, si no, estás fuera de foco. En el cine, además, construyes el personaje sin un orden cronológico, porque no se filma en orden. En el teatro, en cambio, entras en escena y la obra corre con continuidad. Hay un contacto con el público. En el teatro se trata de que algo suceda en el momento. Tu preparación es para que algo se manifieste en ti, a través de ti y entre tú y el público; el actor es el cuerpo del espectador: el espectador está sentado y tú te mueves por él. Cuando la obra funciona, el espectador te olvida y vive la historia contigo, se convierte en ti. En el cine no hay eso, porque no estás presente; es una proyección. El público se proyecta en el personaje. En el teatro vive con el personaje. Ambas tienen que ver con la imaginación, pero de manera distinta.


Antes de reunirnos me platicaste que estás aquí en México porque vas presentar la obra El Gorila.
Sí, es un viejo sueño que tenía desde hace mucho. Creamos El Gorila con Alejandro [Jodorowsky] por primera vez en italiano, en 2008. Luego la traduje al francés, la di en París durante seis meses, después la presenté como trescientas veces de gira en Francia. Luego la llevé a Beirut, a Buenos Aires, al Festival Santiago a mil, en Chile. Ya llevo muchos años de éxito con esa obra, la he actuado en italiano, en francés, en inglés y en español. Siempre digo que ese personaje me conoce más de lo que yo lo conozco. Conectando con tu primera pregunta, tengo un enlace emocional con México. No es un negocio hacer teatro aquí, pero quería traerla para ofrecerla al público mexicano, a este país donde nací.
¿Cómo ha cambiado la manera en la que ves esta historia con el paso del tiempo?
Claro, el cuerpo cambia, pero lo apasionante es tratar de reencontrar la sensación de la primera vez. Siempre es la primera vez, pero nutrida de toda la experiencia. Dentro de la precisión de la obra, intento ir siempre más profundo, conectar más con esa parte humana que puedo compartir con el espectador. Mi objetivo es que algo suceda, que algo de intangible se manifieste y que deje una fértil marca en el corazón del espectador.
¿Cuándo la vas a presentar?
Del 24 de abril al 17 de mayo, en el Teatro Orientación Luisa Josefina Hernández, de jueves a domingo.
Fuiste dirigido por tu padre en esa obra, ¿y ahora que la giras, quién te dirige?
Yo solo. Soy muy disciplinado y respeto mucho la dirección de mi padre. Que sea en cine o teatro, trabajamos muy bien juntos. Desde la creación en 2008, él ha venido a verme una sola vez, en 2011. Me dio un par de notas extremadamente útiles, y de ahí he seguido adelante. No le agrego morcilla, como se dice, porque cuando la creamos juntos estaba totalmente de acuerdo con la forma y el contenido. No hay razón de estar echándola a perder. Trabajé en Francia con una directora muy conocida, Ariane Mnouchkine, y nunca olvido algo muy bonito que ella decía antes de cada función: “Hoy hay en la sala alguien que viene por primera vez al teatro, y también alguien que viene por última vez en su vida”. Pensar eso le da valor al momento y un gran respeto tanto al público como a la obra.
Has trabajado en cine independiente y en producciones más grandes, como fue el caso de Animales Fantásticos. Como actor, ¿qué elementos de un guión te hacen querer formar parte de una producción?
Me encanta actuar, estoy abierto a todos los proyectos. Rara vez rechazo algo. Si lo hago, es porque me proponen algo que ya hice. No me interesa repetir; me interesa que cada proyecto sea una nueva exploración. A veces los guiones están menos bien escritos, y entonces hago sugerencias, pero eso no me detiene. Hacer una película toma al menos cinco años de lucha, así que siempre hay una motivación fuerte detrás. Estoy abierto a todo; por ejemplo, me encantaría hacer una comedia romántica. Quien ha visto las películas de Billy Wilder sabe, por ejemplo, que las buenas comedias románticas no son nada tontas; el amor es un tema formidable. Cuando un texto está bien escrito, es un alimento extraordinario, es como una partitura. La música es el arte esencial, toda civilización humana la comparte: somos de horizontes totalmente distintos, no hablamos el mismo idioma, pero si tomo una flauta, o un tambor, ya podemos comunicarnos; algo sucede. Siempre pienso en mi manera de trabajar como una manera musical, y como un músico lee una partitura, así yo leo los guiones y las obras de teatro.
¿Nunca te llamó la atención ser músico?
De niño, yo quería tocar trompeta. Mi padre me compró una trompeta, un método y pagó unas clases. Pero nos mudamos y, en la mudanza, alguien aplastó la trompeta con una caja y quedó como crepa. Tenía nueve años y mis padres estaban ocupados con el cambio de casa, así que ahí quedó mi carrera de trompetista, nunca me compraron otra. Viví años con esa frustración, quejándome de mis padres, pero cuando llegué a los cuarenta años me dije: “¡Ya basta! Está bien reprocharles a tus padres en un momento dado, pero no te puedes quedarte ahí: cómprate una trompeta y deja de chillar.” Entonces me compré una trompeta y un método… y nunca la toqué. Pero a partir de ahí sucedió que me puse a poner en escena algunas operas.
¿Cuál es la diferencia de dirigir ópera a teatro?
Es formidable, porque en la ópera todos son músicos. Hay instrumentistas e intérpretes; son geniales. Llegan y ya se saben la partitura. Si el ensayo es a las 10, a las 10 están listos; no llegan a platicar y a tomarse un café, son muy disciplinados. Hay mucho protocolo: si te pasas un minuto del horario, tienes que darles una hora de pausa, pero llegan muy preparados y con mucho apetito de lo que les vas a proponer en escena. Son como grandes deportistas: trabajé con un barítono muy conocido, Ludovic Tézier, en Rigoletto de Verdi. Un día lo vi cantar empapado de sudor, y le puse mientras las manos en el torso: era como si algo se moviera dentro de él, como en Alien, y de repente sacó una nota que me hizo vibrar el esqueleto entero. Ahí sentí en mi carne la potencia de la ópera. Por eso me gusta tanto y me encantaría dirigir alguna en México.


¿Qué inquietudes creativas tenías al inicio de tu carrera y cuáles tienes ahora?
Cada vez más inquietudes ahora. Cuando empecé no sabía nada de teatro, y como era muy ignorante, por eso mismo era muy presumido. Eso dicho, si no sabía qué quería hacer como teatro, como forma, porque hay muchas formas, muy, pero muy pronto supe qué no quería hacer. Entonces formé una compañía de teatro con amigos y me puse a dirigir. Ahí descubrí que la gente no sigue a quien sabe a dónde va, sino a quien dice “¡Vamos!”. Luego entendí mi ignorancia y quise aprender. Entonces conocí a mis maestros, a Riszard Cieslak primero, luego a Arianne Mnouchkine. Cada vez que subo a escena, la exigencia es mayor: la de lograr quitarme lo más posible del camino. Este Brontis con el que estás hablando ahorita es un personaje que se ha construido a lo largo del tiempo una personalidad, como tú; pero esencialmente no somos eso. La vida artística es en algo como perseguir el horizonte: nunca lo alcanzas, pero avanzas y recorres mil y un paisajes.
Llegaste esta semana de París. Vi que trabajaste allá en un proyecto sobre Elena Garro.
Sí, con Alejandro Guerrero. Presentamos un boceto de una obra sobre ella, mostramos algunas escenas. Es un proyecto para montar en México durante octubre, noviembre y diciembre. Eso me permitió descubrirla, no la había leído. Los recuerdos del porvenir me pareció fantástico. Me fascinó su escritura.
Ahora que hablas de esa obra, ¿a futuro, cuáles son tus proyectos?
Este año ha sido muy cargado. Actué en Francia en una serie para Apple TV+, que acaban de terminar de filmar, también estuve trabajando en una obra experimental con máscaras y voces grabadas, sobre el surgimiento de los totalitarismos; ahí hice la voz de León Blum, un gran discurso muy conmovedor. Estuve terminando mi libro, ensayamos esto de Elena Garro y me empecé a preparar para El Gorila. Apenas termine la temporada voy a París, para actuar algunas semanas en el Théâtre du Soleil. Pronto voy a interpretar a Edipo, en la obra homónima de Séneca… La vida del actor es un poco tributaria del deseo ajeno. Es lo “miserable” de esta profesión. Entonces tienes tú que montar también tus propios proyectos. Mi propio proyecto por ahora es El Gorila acá y mi libro de cuentos. No son para niños, aunque de vez en cuando hay alguna variación de cuentos de hadas que ya existen. Son sobre todo breves ficciones para adultos que invitan a la reflexión.
Fotografía: Luis Castañeda.
Sería extraño que la sangre artística no corriera por las venas de alguien como Brontis Jodorowsky.
Esta declaración no se basa únicamente en que es descendiente de una madre actriz y un padre cineasta, sino que también se fundamenta en una gran virtud de la que es poseedor el actor, y que considero un arte perdido: la capacidad de observación y apreciación de la cotidianidad. Por más simple que parezca, este factor hace de Brontis un artista excepcional, pues no le interesa hacer arte por mera estética, sino que contextualiza su expresión artística en la actualidad, logrando así que vertientes del teatro como la ópera no resulten excluyentes, e invitando al público a identificarse con su entorno. Además, Jodorowsky es un actor tipo monje: no solamente el brillo de sus ojos al hablar de su profesión delata la enorme pasión que pone en sus interpretaciones, sino que también su disciplina lo convierte en un artista hecho y derecho. Por encima de todas estas cualidades, Brontis Jodorowsky siempre busca que algo suceda y que, con suerte, pueda estar siendo uno con la fuerza mística, intangible y emocional, conocida en el flamenco y el teatro como “el duende”, que eleve su experiencia artística y la haga auténtica y profunda. Con motivo de su visita a México para la presentación de su obra El Gorila, nos sentamos a repasar su vida dentro y fuera de la actuación.


