KUROSAWA Y OCCIDENTE

La fascinación del director nipon por el otro lado del charco

CINEAKIRA KUROSAWA

Por Sofía de la Morena

10/12/20264 min read

La unidad básica de sentido en el lenguaje cinematográfico es la imagen, que tiene la capacidad de traspasar barreras lingüísticas y culturales.

Una imagen no necesita traducción. Por ello, el cine es un arte capaz de trascender las limitaciones de la lengua y calar más allá de su lugar de origen. Akira Kurosawa, “el Emperador”, fue uno de los grandes cineastas japoneses del siglo XX y uno de los directores más influyentes de la Historia del Cine. Perseguidor incansable de la perfección y la belleza formal, construyó una obra en la que Oriente y Occidente no son dos mundos contrapuestos, sino, al contrario, dos tradiciones que dialogan entre sí.

Desde su juventud, Kurosawa fue un enamorado del cine de Occidente: Chaplin, Lang, Renoir y, sobre todo, John Ford y sus películas del Oeste. También encontró una inmensa fuente de inspiración en autores occidentales como Shakespeare, Dostoievski o Tolstói, a quienes llevó a la gran pantalla en varias ocasiones. En 1951 adaptó El idiota de Dostoievski, aunque esta película no tuvo un gran éxito. En 1952, dirigió Ikiru, un filme basado en el relato La muerte de Iván Ilich, de Tolstói. Por otro lado, Kurosawa adaptó a Shakespeare en tres ocasiones: Trono de sangre (1957; adaptación de Macbeth), Los canallas duermen en paz (1960; adaptación de Shakespeare) y Ran (1985; adaptación de El rey Lear). Por todo ello, al contrario que otros directores japoneses de su época, como Ozu o Mizoguchi, que tenían un estilo más alineado con el gusto nipón, el cine de Kurosawa era una síntesis entre Oriente y Occidente.

Aunque dirigía, en su mayoría, películas de samuráis, Kurosawa tomó muchos elementos del cine y la literatura occidentales, creando así películas que, si bien tenían un tema central relacionado con la historia y la tradición japonesa, trascendían su condición nacional, por lo que acabaron calando en Occidente. Su primer gran éxito internacional fue Rashomon (1950), que obtuvo una gran ovación en Cannes y ganó el primer Óscar a Mejor Película Extranjera. A partir de entonces, el cine japonés fue reconocido en Occidente y Kurosawa adquirió prestigio a nivel mundial, al tiempo que comenzó a convertirse en una fuente de inspiración para muchos cineastas emergentes. Lo que Kurosawa tomó del western acabó regresando al western. Su obra maestra, Los siete samuráis (1954), una epopeya de tres horas y media, fue llevada al western y rebautizada como Los siete magníficos (1960), sustituyendo a los samuráis por pistoleros. No obstante, el esquema narrativo, esqueleto de la historia —un grupo de especialistas que se reúne y se organiza para proteger a una comunidad vulnerable— se ha utilizado incluso en películas infantiles, como Bichos (1998).

Por otro lado, en 1964, su película Yojimbo (1961) fue adaptada —o, quizá mejor dicho, plagiada— por Sergio Leone en Por un puñado de dólares, filme que dio inicio al subgénero del espagueti western, que fue muy influyente en diversos directores posteriores, como Tarantino. Las obras de Kurosawa también han inspirado adaptaciones más libres. La fortaleza escondida (1958), una película de aventuras ambientada en el Japón feudal que acabó sirviendo como base narrativa de Star Wars (1977). De hecho, la palabra jedi procede del término jidaigeki, que es el término usado en Japón para referirse a las películas de samuráis. La influencia de Kurosawa sobre Star Wars no fue únicamente argumental: Lucas también adoptó elementos de su lenguaje visual y de sus formas de representar el combate y el movimiento, lo que se aprecia en los duelos con sables de luz, que poseen una clara deuda con el cine de samuráis.

La relación de Kurosawa con el cine occidental resulta especialmente interesante porque revela algo más que una simple sucesión de remakes. Primero, Kurosawa había tomado elementos del cine occidental para incorporarlos a una historia japonesa y, posteriormente, Hollywood tomó esa historia japonesa para devolverla, transformada, a un contexto occidental. Por ello, su influencia no consiste únicamente en que otros directores hayan “rehecho”, con más o menos literalidad, sus películas, sino que es mucho más profunda. Desde su heterogéneo sistema de referencias, Kurosawa proporcionó numerosas imágenes, estructuras narrativas y novedades formales que otros cineastas incorporaron a sus propias obras, muchas veces hasta el punto de que el espectador actual ya no percibe necesariamente su origen. Así, el cine de Kurosawa es una de las raíces, invisible pero fundamental en su función de nutrir, de lo que hoy es el cine.

En 1990, Kurosawa recibió el Óscar Honorífico por toda su trayectoria cinematográfica, de manos de dos de sus admiradores más fervientes, Steven Spielberg y George Lucas. Ambos cineastas le otorgaban al Emperador la estatuilla en representación de toda una generación de directores occidentales que deben mucho a Kurosawa, quien, a su vez, debe mucho a otros artistas que vinieron antes que él.

SOFÍA DE LA MORENA

COLABORADORA

Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, España.

Escritora de relato y ensayo.