LA MIRADA DEL AMOR: NICK CAVE Y RADIOHEAD
“Into My Arms” y “True Love Waits” miran el amor desde dos lugares distintos: entrar en el mundo del otro sin abandonar el propio.
MÚSICAROCKNICK CAVERADIOHEAD
Por Montserrat Alfaro
9/22/20268 min read


Antes de que alguien se vaya
Hay cosas que uno comprende que tendrá que entregar cuando quiere a alguien. Tiempo. Algunas costumbres. Una parte del orgullo. Hay otras que no deberían aparecer en la negociación y, sin embargo, aparecen: lo que creemos, la manera en que vivimos, la idea que tenemos de nosotros mismos cuando nadie nos mira.
Into My Arms, de Nick Cave & The Bad Seeds, y True Love Waits, de Radiohead, están separadas por músicos, historias y formas distintas de entender una canción de amor. Sin embargo, escuchadas una después de la otra, parecen encontrarse en un mismo sitio: ese momento en que querer a alguien deja de consistir únicamente en sentir algo y comienza a exigir una respuesta.
¿Qué harías por esa persona? Cave contempla una creencia que no comparte del todo desde el lugar de quien ama. La voz de True Love Waits contempla hacer el movimiento contrario: entregar algo propio para que alguien permanezca. Las dos hablan de amor. Pero no de la misma forma de quedarse.
I. Rezar desde la duda
Into My Arms empieza con una contradicción que termina sosteniendo toda la canción. Cave dice que no cree en un "interventionist God", en un Dios capaz de intervenir directamente en nuestras vidas, pero reconoce que la persona a la que ama sí cree en él. Y en lugar de cuestionar esa fe, decide mirarla desde ahí, imagina que, si ese Dios existiera para él, le pediría que no la cambiara, que la dejara ser exactamente quien es y que, si alguna vez tuviera que guiar sus pasos, los llevara hacia sus brazos.
Después duda también de los ángeles, pero hay algo de lo que ya no parece dudar tanto: del amor, de la posibilidad de compartir un camino con alguien incluso cuando ambos miran el mundo desde lugares distintos. Ahí está lo especial de la canción, no en cambiar lo que uno cree por amor, sino en permitir que las creencias de alguien dejen de sentirse completamente ajenas sólo porque pertenecen a esa persona.
No tienes que creer en su Dios para entender por qué ella le habla. A veces basta con querer a alguien para mirar, aunque sea por un instante, desde el lugar en el que esa persona pone su fe.
Hay algo muy delicado en esa forma de amar, porque no intenta resolver la diferencia entre los dos ni volverla un problema. La fe de ella permanece intacta, igual que la duda de él, y aun así existe algo que los une. Cave no necesita entenderlo todo para reconocer que hay algo importante ahí, como quien entra en una casa ajena, mira alrededor y entiende que allí las cosas tienen otro orden.
Tal vez amar también sea eso, aprender por un momento la forma en que alguien mira el mundo, entender lo que para esa persona importa sin arrancarlo de su sitio ni abandonar el propio. Porque querer a alguien no debería obligarnos a mirar con los mismos ojos, sólo a no cerrar los nuestros frente a los suyos.
II. El camino de regreso
La historia de Into My Arms hace todavía más difícil separar la canción de esa duda. Cave contó que la escribió mientras estaba en rehabilitación. Un domingo había asistido a la iglesia y, mientras regresaba caminando por los campos hacia el centro, comenzó a aparecer la melodía. Al volver, se sentó al piano y empezó a trabajar en ella. Es su propio recuerdo, contado muchos años después.
No hace falta ponerle demasiada luz a la escena. Un hombre sale de una iglesia, atraviesa un campo y vuelve a rehabilitación con una melodía en la cabeza. Después comienza a escribir una canción que duda justamente de ese Dios que acaba de ir a buscar. Nada se resuelve, y quizá ésa sea la cuestión.
La relación de Cave con la fe tampoco quedó detenida en 1997. En 2018 contó que llevaba décadas rondando la idea de Dios, interesado más en la posibilidad y la incertidumbre que en una respuesta definitiva; incluso describió sus canciones como preguntas antes que respuestas. Años después, al volver sobre The Boatman's Call, reconoció que todavía intentaba comprender por completo aquella primera línea de Into My Arms.
Hay algo extraño y hermoso en que ni siquiera quien escribió la canción haya terminado de alcanzarla. Quizá por eso sigue viva: no empieza con una certeza religiosa y termina con otra, no encuentra a Dios ni termina de perderlo. Empieza dudando. Y termina queriendo. A veces eso basta.
III. Déjala como es
Hay una petición en Into My Arms que podría pasar desapercibida por lo sencilla que es: Cave no pide que Dios cambie a la persona que ama, ni que la vuelva mejor, ni que la acerque a él convirtiéndola en alguien distinto. Pide que siga siendo quien es. Y ahí la canción se vuelve todavía más íntima.
Porque querer a alguien también puede despertar una tentación silenciosa: corregir lo que nos incomoda, suavizar lo que no entendemos, imaginar que todo sería más fácil si el otro fuera un poco más parecido a nosotros. Cave hace lo contrario, no intenta borrar la diferencia, la deja existir. No quiere que la compongan. No quiere que la acomoden. Quiere que siga siendo ella.
Ahí aparece una forma de entrega mucho más difícil de lo que parece: amar a alguien sin pedirle que deje de pertenecerse. Tal vez por eso Into My Arms se siente tan completa. No porque descubra algo nuevo sobre el amor, sino porque entiende una de sus partes más incómodas: que amar a alguien no debería significar reducirlo hasta hacerlo caber dentro de nosotros. El otro sigue siendo otro, incluso cuando lo queremos cerca, incluso cuando quisiéramos que eligiera quedarse.
La canción permite que exista distancia sin volverla una amenaza. Hay dos personas, dos formas de creer y un mismo deseo de permanecer cerca sin tener que convertirse en una sola cosa. Porque amar no debería ser hacer al otro más nuestro, sino dejarlo seguir siendo suyo.
IV. Lo que daríamos para que no se fueran
True Love Waits mira hacia otro lado del amor, uno menos sereno.
Radiohead comenzó a tocar la canción en 1995 y durante años intentó encontrar una forma definitiva de llevarla al estudio. Apareció oficialmente en vivo en I Might Be Wrong en 2001, y existen registros de que la banda ya había trabajado con ella durante las sesiones de OK Computer. La versión de estudio no llegó hasta 2016, cuando terminó cerrando A Moon Shaped Pool.
Pasaron más de 20 años entre sus primeras interpretaciones y aquella grabación. No hace falta convertir la espera en metáfora, aunque resulta difícil ignorarla: una canción llamada True Love Waits pasó buena parte de su propia historia esperando.
Pero la verdadera espera ya estaba dentro de la letra. La voz ofrece "drown my beliefs", hundir aquello en lo que cree, y después vuelve una y otra vez a una petición mucho más simple: "don't leave". Ahí la entrega cambia de forma.
En Into My Arms, la diferencia puede permanecer intacta, la fe de una persona no necesita destruir la duda de la otra. En True Love Waits, en cambio, aparece la posibilidad de ceder algo propio para impedir una ausencia. No sabemos si Yorke quiso hablar de perderse dentro de alguien, ni hace falta adjudicarle esa intención; basta escuchar a una voz que enumera lo que estaría dispuesta a modificar mientras pide que la otra persona permanezca.
Uno de los comentarios de Yorke sobre la canción ayuda a entender esa disposición. Al explicar uno de sus primeros versos, habló de crecer, empezar a comportarse de acuerdo con la edad y de la idea de prometer que uno no cambiará de esa manera con tal de conservar a alguien. También explicó que la imagen de sobrevivir con golosinas y papas fritas provenía de una noticia sobre un niño pequeño que había sido dejado solo durante una semana y había subsistido con lo que encontraba.
La canción no trata de aquel niño, pero la imagen deja algo incómodo detrás: sobrevivir y estar bien nunca han significado lo mismo. Uno puede aprender a vivir con poco, acostumbrarse al silencio de una casa, esperar mucho más de lo que pensaba posible. Y seguir estando solo.
V. La casa
Es justo ahí donde las dos canciones empiezan a separarse. En Into My Arms, amar permite que el mundo se vuelva un poco más amplio. Cave no abandona su duda para entrar en la fe de la otra persona, simplemente reconoce que aquello importa porque forma parte de ella. Las diferencias permanecen y, aun así, no impiden la cercanía.
En True Love Waits, el movimiento puede leerse al revés. Ya no se trata únicamente de hacer espacio para alguien, sino de preguntarse cuánto de uno mismo puede retirarse para que ese alguien permanezca. Una canción parece decir: quiero entender desde dónde miras. La otra deja una pregunta mucho más difícil: ¿qué tendría que dejar de ser para que no te fueras?
Quizá ésa sea una de las fronteras más silenciosas del amor, porque ceder forma parte de querer a alguien. Se cambia una rutina, se comparte el tiempo, se aprende otra manera de hacer las cosas, se deja sitio para otra persona en la cama, en los planes, en la vida. Nada de eso significa necesariamente perderse.
El problema empieza cuando hacer espacio se vuelve vaciarse. Cuando después de mover tantas cosas para que alguien pueda quedarse, uno mira alrededor y ya no reconoce lo que era suyo. Por eso la imagen de la casa termina uniendo a las dos canciones. Cave entra en una que no le pertenece y entiende que allí las cosas tienen otro orden. En True Love Waits, alguien corre el riesgo de vaciar la propia para que el otro no cierre la puerta.
Lo que queda
Al final vuelvo a pensar en Cave saliendo de aquella iglesia.
No sabemos qué vio mientras atravesaba el campo ni qué pensaba exactamente cuando apareció la melodía, y tampoco hace falta inventarlo. Sabemos lo suficiente: venía de una iglesia, regresaba a rehabilitación y terminó escribiendo una canción en la que la duda no impide reconocer la fe de la persona amada.
Después está True Love Waits, pasando durante años de escenario en escenario hasta llegar, más de dos décadas después, a un piano, todavía sosteniendo aquella misma petición de que alguien no se vaya.
Las dos canciones hablan de entrega, pero no entregan lo mismo. En Into My Arms, el amor permite mirar hacia un lugar en el que uno no está seguro de creer sin tener que abandonar el propio. En True Love Waits, el miedo a perder a alguien vuelve imaginable desprenderse de partes de uno mismo con tal de que esa persona permanezca.
Entre ambas queda una pregunta que ninguna termina de responder: cuánto puede uno ceder antes de empezar a desaparecer. Tal vez por eso amar no consista sólo en abrir la puerta y dejar entrar a alguien, sino también en saber qué cosas no debemos sacar de la casa para hacerle espacio. Porque alguien puede irse. La puerta puede cerrarse. Y cuando eso ocurra, tendría que quedar algo adentro que todavía reconozcamos como nuestro.
Nick Cave, 1990.








