LA RECONQUISTA DE LAS PLAZAS EN UNA CIUDAD GENTRIFICADA

Las plazas y calles principales han quedado para la compra y el ocio de las personas que vienen de fuera.

CRÍTICASOCIALPOLÍTICA

Por Helena Díaz

10/8/20265 min read

«Sentimos cierta presión por ir cada vez más rápido, más rápido, más rápido. Pero, al centrarnos en el resultado, nos perdemos el proceso y el contenido de la experiencia.»

El 26 de septiembre, hace apenas unos pocos días, en una de las plazas más conocidas del centro de la capital de España, se produjo un hito que se recordará en la memoria colectiva a lo largo de los próximos años. La Plaza de Sol fue testigo de una acampada multitudinaria que aún se mantiene, movilizando a otras ciudades del país a imitar el movimiento. ¿En materia de qué? La gota que colma toda una década marcada por el incremento de precio del alquiler y compra de vivienda. Todo comienza con la noticia del desahucio de una señora de la tercera edad –Maricarmen– de la vivienda en la que había residido durante toda su vida. ¿El problema? Que el desahucio se produjo después de que su edificio fuera adquirido por un fondo buitre que le subía el alquiler de 500 euros mensuales a 2600 a una señora cuya pensión estaba de media en unos 1000 euros. Este era el último empujón que hizo que la gente tomara las calles, y que resultó en las acampadas de las plazas de toda España.

1. Estética del cuidado oriental.

Aquí se contrapone otra idea: la del cuidado. Este, en su sentido teórico más estricto, tiene protagonismo en más profesiones de las que queramos imaginar. Un médico cuando trata a sus pacientes, un profesor cuando piensa dinámicas nuevas para enseñar a sus alumnos, un artesano cuando diseña una pieza de una vajilla, un arquitecto cuando piensa la distribución de una ciudad… A partir de esa idea de cuidado, surge la estética de lo cotidiano como término relativamente joven con la idea de que los objetos mundanos y cotidianos de nuestro día a día forman parte de ese grueso de nuestra vida estética.

En pocas palabras, busca que nos detengamos en observar de forma consciente estos fenómenos cotidianos —bancos, plazas, carteles, tiendas— menos llamativos pero igual de enriquecedores como parte de nuestra experiencia estética. A nivel micro, esto se ejemplifica muy bien en casos como el de los «bancos antisueño», que como su nombre indica tienen el objetivo de evitar que personas sin hogar los usen para dormir en ellos. Pero para aplicarlo al caso de la ciudad como ente, habría que llevarlo un paso más allá y analizarlo en su aspecto macro.

2. La estética de una ciudad.

A lo largo de los últimos años y a pesar de que la ciudad hubiera nacido y sido construida para sus habitantes, el fenómeno de la globalización, la turistificación y la gentrificación han hecho eco de sí mismo en grandes capitales. París, Atenas, Roma, son solo pequeños ejemplos que se nos vienen a la cabeza. Y si alguno ha tenido el privilegio de haberlas visitado, sabrá que en todas encontramos free tours en los que te llevan por todos los puntos emblemáticos. Esto de forma moderada es genial, pero cuando lo que resuena en el centro de la ciudad son free tours y las calles solo la recorren turistas, quizá es un síntoma de que cada vez son menos para habitarse y más para ser observadas por los que pagan por verla. Aquí puede surgir otra pregunta: ¿es malo el turismo? ¿Es malo pagar por visitar otros lugares? Y en mi opinión, debemos hacer una diferenciación muy grande entre lo que es una visita y lo que es el consumo de un lugar. Una visita genera inquietud en el visitante, interés, curiosidad por la historia, respeto hacia los locales y las calles, entre otras.

El consumo de un lugar reduce la experiencia del visitante a visitar de forma superficial, ignorando el contenido de la experiencia y desproveyéndolo de significado. Y ser malo, quizá no lo es. Pero sí conlleva una serie de consecuencias para quienes intentan vivir en un lugar que no deja de ser consumido. Ahora apliquemoslo a la Plaza de Sol y a la ciudad de Madrid. Habitar una ciudad, según esta definición, puede ser una experiencia estética a la vez que un hogar, porque al mismo tiempo que guarda historia y memorias es modificada por las personas que la habitan. Si las personas que la pueden habitar son turistas que no se comprometen sino que consumen, son extranjeros que compran edificios enteros por el potencial de producción y son solo los que pueden permitirse un ático de oficina con vistas a Sol, puede ser que la ciudad ya no sea de los ciudadanos. Puede ser que los bares ya no sean para los ciudadanos, ni los comercios, ni el entretenimiento permitido. Y en última instancia, puede ser que ni los precios se ajusten al poder adquisitivo del vecino promedio.

Puerta del Sol, Madrid.

3. Cuando la ciudad se desborda.

Volviendo a la situación de la acampada, el estado actual de la Plaza de Sol es cuanto menos curioso. Suena atrevido que los madrileños hayan tomado la plaza para una actividad propia que no sea la servidumbre en hostelería y negocios de grandes franquicias de las calles principales. No solo los madrileños, también los andaluces, los catalanes, los canarios, los vascos… En general, que los españoles hayan llenado sus calles para protestar por algo que une a todo un país y no para mantener esa cadena de desgaste. Ver cómo la gente habita las calles del centro, en lo más cercano a una convivencia entre vecinos que ha habido en los últimos años, es esperanzador.

Nos recuerda quién vive aquí y quién mantiene el John Irish Pub de la esquina funcionando, que aún existe un sentimiento de comunidad y tradición que nos une como personas aún teniendo diferencias. Y usar esas mismas plazas que antes solo veían cámaras de fotos y alemanes tomando helados junto a las fuentes para teletrabajar juntos, comer juntos, leer, hacer talleres de artesanía o incluso hacer conciertos los fines de semana, en el fondo es un pequeño acto de rebelión por lo que era y parece ya no ser nuestro. Quizá estamos viendo cómo la estructura de la ciudad vuelve a cambiar, aunque sea tan solo durante unos pocos días, de momento.

María del Carmen Abascal fue una mujer española de 87 años que se convirtió en un símbolo nacional de la crisis de la vivienda en España.

HELENA DÍAZ

COLABORADORA

Grado en Biología por la Universidad de Málaga, España.

Puede parecer extraño, pero ver la vida desde varias perspectivas es lo que me ha permitido generar ese entusiasmo por las cosas. Por eso aunque sea fiel a la ciencia, las humanidades y las artes siempre se ganaron mi corazón.