MÉXICO RUMBO AL MUNDIAL 2026: ¿PARA QUIÉN SE ESTÁ ARREGLANDO EL METRO?

Una reflexión sobre las obras públicas y la imágen nacional.

SOCIALPOLÍTICAMÉXICOSOCIEDADMETROCDMX

Por Jaqueline Spínola

6/2/20268 min read

Hay algo profundamente simbólico en caminar por el Metro de la Ciudad de México entre montones de cemento, polvo suspendido en el aire y paredes recién pintadas mientras, sobre los andenes, aparecen anuncios del Mundial 2026.

La imagen parece construida perfectamente para vender la idea de una ciudad moderna que se prepara para recibir al mundo. Sin embargo, debajo de esa capa de pintura, detrás de las señalizaciones nuevas y de las reparaciones aceleradas, continúa existiendo el mismo sistema saturado, lento y desgastado que millones de personas utilizan todos los días.

En los últimos meses, el Metro se ha convertido en uno de los principales escenarios de las transformaciones rumbo al Mundial 2026. Especialmente en la Línea 2, una de las más utilizadas por los usuarios; las reparaciones, cierres anticipados y modificaciones operativas comenzaron a formar parte de la rutina diaria de miles de personas. Desde el discurso oficial, las obras son presentadas como parte de un proceso de modernización y rehabilitación. No obstante, para quienes utilizan el Metro todos los días, la experiencia parece contar otra historia.

La pregunta inevitable es: ¿realmente se está reparando el Metro o únicamente se está “maquillando”?. La idea de este texto surge después de vivir directamente una de las tantas consecuencias de estas modificaciones. Un sábado por la noche, después de salir del Centro Nacional de las Artes, el trayecto cotidiano de regreso a casa se convirtió en un recorrido marcado por la desinformación, el caos y la incertidumbre. La Línea 2 ya había cerrado parcialmente debido a las obras, aunque en ningún momento existió información clara o visible que lo explicara con precisión.

La estación General Anaya operaba únicamente hasta cierto punto del trayecto y, posteriormente, el servicio se suspendió para continuar mediante unidades RTP. El problema no era solamente el cierre. El problema era todo lo que ocurría alrededor. La fila para abordar el RTP parecía interminable. Decenas de personas permanecían formadas durante largos periodos de tiempo mientras el transporte llegaba lentamente y sin capacidad suficiente para cubrir la demanda. Entre empujones, cansancio y usuarios desesperados por llegar a casa, la espera se prolongó por más de treinta minutos.

Los taxis por aplicación presentaban tarifas elevadas debido a la alta demanda. Las rutas alternativas implicaban más tiempo, más transbordos y mayores gastos. Mientras tanto, cientos de personas seguían intentando encontrar una manera de trasladarse. En teoría, el RTP debía sustituir el recorrido completo de la Línea 2, desde Tasqueña hasta Cuatro Caminos. Sin embargo, el trayecto terminó abruptamente en Hidalgo, mientras que el conductor argumentaba que le dieron la indicación de que el trayecto debía finalizar en ese punto y no en la terminal. A partir de ahí, cada persona debía resolver por su cuenta cómo continuar el camino para llegar a sus casas.

Esa escena resume perfectamente uno de los principales problemas alrededor de las reparaciones del Metro: las decisiones parecen pensadas desde la administración y no desde la experiencia real de quienes utilizan el sistema. Para el gobierno puede ser sencillo anunciar cierres temporales, publicar avisos en redes sociales o implementar rutas emergentes. Sin embargo, detrás de cada cierre existe una realidad mucho más compleja: personas que salen tarde de trabajar, estudiantes que regresan a casa durante la noche, usuarios que viven lejos y trabajadores que no tienen otra alternativa de movilidad.

El problema no es únicamente que existan reparaciones, el problema es la manera en la que se realizan y el momento en el que decidieron hacerse. Porque el deterioro del Metro lleva años en el sistema y tampoco se les dió el aviso de un día a otro de que el Mundial 2026 sería en México. Las fallas, retrasos, filtraciones, trenes lentos y falta de mantenimiento llevan años siendo parte de la experiencia cotidiana de millones de personas: lo hemos visto en el derrumbe de la Línea 12 el pasado 3 de mayo del 2021, entre las estaciones San Lorenzo Tezonco y Olivos, sobre avenida Tláhuac, donde hubo 25 fallecidos y 79 heridos, según Corriente Alterna.

Otra falla muy grave que tuvo el metro fue el choque de trenes en la Línea 3, este hecho dejó 106 heridos y una persona fallecida: Yaretzi Adriana, estudiante de la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México, con tan sólo 18 años, según Infobae. Sin embargo, aún con estas pérdidas, las reparaciones profundas nunca parecieron ser una prioridad hasta que la ciudad volvió a colocarse bajo la mirada internacional. Ahí es donde el Mundial 2026 cambia completamente la discusión. De pronto, aparecen paredes nuevas, estaciones remodeladas, señalizaciones en inglés y trabajos acelerados en puntos estratégicos de la ciudad. De pronto, sí existe urgencia por rehabilitar espacios públicos. De pronto, sí aparece dinero para intervenir el Metro. La pregunta entonces resulta incómoda pero necesaria: ¿por qué las reparaciones llegan solamente cuando el país necesita verse bien frente a otros?

La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando se escucha a los propios trabajadores del sistema. Durante una entrevista realizada, un trabajador de la Línea 2, quien solicitó mantenerse en anonimato, explicó que muchas de las obras actuales se enfocan principalmente en aspectos visibles, mientras varios trenes continúan necesitando mantenimiento mecánico y refacciones desde hace tiempo. No se trata únicamente de una percepción de usuarios molestos por los retrasos. También existen trabajadores que consideran insuficientes las reparaciones realizadas.

Además, el mismo trabajador mencionó que muchos empleados permanecen hasta una hora y media más después de concluir sus jornadas laborales sin recibir compensaciones económicas adicionales. Es decir, el desgaste no solamente recae sobre los usuarios. También existe una presión constante sobre quienes operan el sistema diariamente. A esto se suma otro elemento importante: la velocidad reducida de los trenes. Actualmente, en distintos tramos de la Línea 2 y otras líneas del Metro, los conductores disminuyen considerablemente la velocidad debido a trabajos de mantenimiento o condiciones de seguridad. El resultado son trayectos más largos, mayores tiempos de espera y estaciones saturadas.

Para quienes utilizan el Metro de forma ocasional, esto puede parecer solamente una molestia temporal, pero para millones de personas que dependen diariamente del transporte público, el tiempo sí importa. Importa porque llegar treinta minutos tarde puede significar descuentos salariales, perder conexiones, exponerse más tiempo durante la noche o regresar más tarde a casa. La sensación constante era la misma: el usuario debía resolver solo y la desinformación también forma parte del problema.

El problema del transporte público casi siempre termina reduciéndose a cifras y estadísticas. Sin embargo, detrás de cada retraso existen personas reales reorganizando completamente su rutina para adaptarse a un sistema que pocas veces piensa en ellas. En ese sentido, una de las cosas más reveladoras durante la investigación fue la dificultad para obtener información clara. Al intentar comunicarse con el Metro para solicitar información sobre cierres y horarios, seis números telefónicos distintos permanecieron sin respuesta. Posteriormente, mediante WhatsApp, únicamente se proporcionó información parcial sobre algunas estaciones, mientras otras afectaciones no eran mencionadas.

Incluso dentro de páginas oficiales existían contradicciones sobre qué estaciones permanecían cerradas y cuáles operaban normalmente. No es posible obtener información clara sobre rutas, horarios o cierres, el desgaste cotidiano aumenta todavía más. Como si no se estuviera viviendo actualmente una pobreza de tiempo y la historia de cada persona es diferente. Está el testimonio de Paola, una mujer de 31 años que diariamente recorre la ciudad de norte a sur en busca de mejores oportunidades laborales dentro de un espacio vinculado al sistema gubernamental. Sus jornadas duran alrededor de diez horas y, aun así, debe invertir cerca de dos horas diarias en traslados. Entre retrasos, cierres anticipados y rutas saturadas, el sistema de transporte continúa exigiéndole tiempo y desgaste físico sin garantizar condiciones eficientes y seguras para quienes dependen de él todos los días.

Por otro lado, está Jaime, árbitro de básquetbol, quien trabaja durante toda la semana, aunque sus jornadas más pesadas llegan los fines de semana. Cada domingo espera pacientemente la apertura del Metro a las 7:00 de la mañana para poder trasladarse a sus partidos y continuar trabajando. Porque, aunque muchas veces se romantice el descanso dominical, la realidad es que miles de personas sostienen sus trabajos incluso en esos días. Jaime, como muchos otros usuarios, no tiene otra opción más que adaptarse a los horarios y limitaciones de un sistema que rara vez se ajusta a las necesidades reales de quienes lo utilizan. Además, existe algo particularmente simbólico en observar cómo ciertas modificaciones parecen enfocarse más en la imagen que en la funcionalidad.

Actualmente, varias estaciones ya cuentan con nuevas señalizaciones en inglés, remodelaciones visuales y espacios intervenidos estéticamente para proyectar una mejor imagen internacional. La intención es evidente: preparar una ciudad presentable para quienes vienen de fuera. Sin embargo, mientras eso ocurre, continúan existiendo problemas estructurales que llevan años afectando a los usuarios cotidianos. En la estación Cuatro Caminos, por ejemplo, las lluvias provocan filtraciones e inundaciones constantes dentro de los pasillos. Comerciantes y usuarios deben caminar entre agua acumulada mientras el tránsito continúa normalmente.

La Línea 7 permanece con afectaciones importantes, especialmente alrededor de la estación Auditorio, que estuvo cerrada durante cuatro meses, limitando la movilidad de trabajadores y estudiantes. Ahora con su reapertura y su nuevo diseño, aún no se encuentran las herramientas de construcción y materiales. Mientras tanto, las soluciones suelen llegar únicamente cuando existe presión mediática o atención internacional. Todo esto termina revelando una discusión mucho más profunda sobre la desigualdad dentro de la ciudad.

Porque las consecuencias de un transporte deficiente no afectan igual a todas las personas: quien tiene carro probablemente nunca tenga que esperar cuarenta minutos para abordar un RTP; quien puede pagar plataformas de transporte privado difícilmente tendrá que atravesar la ciudad durante la noche buscando rutas alternativas. Sin embargo, millones de personas sí dependen completamente del Metro. Resulta tan problemático que las grandes transformaciones urbanas ocurran solamente cuando México necesita verse funcional ante otros países.

La construcción del sistema comenzó en 1969, un año después de los Juegos Olímpicos de 1968. En aquel momento, el gobierno buscaba proyectar una ciudad moderna, conectada y capaz de integrarse a los grandes eventos internacionales. El problema es que ahora las diferencias resultan mucho más visibles, porque la ciudad puede pintarse, remodelarse y llenarse de anuncios internacionales. Mientras que, la experiencia cotidiana de quienes la habitan continúa mostrando otra realidad.

Una realidad donde los usuarios esperan durante horas transporte emergente. Donde las líneas reducen sus horarios sin suficiente información, donde las estaciones permanecen saturadas, donde el polvo de las obras se acumula sobre los andenes y donde muchas reparaciones parecen enfocarse más en cómo se verá el Metro durante un evento internacional que en cómo funciona diariamente. El discurso de la modernización suele construirse desde imágenes espectaculares: trenes renovados, estaciones limpias, infraestructura nueva y proyectos internacionales. Sin embargo, modernizar una ciudad no debería significar solamente volverla visualmente atractiva, implica garantizar condiciones dignas para quienes la viven.

El problema no es que el Metro esté siendo reparado, es que pareciera que solamente importa repararlo cuando el mundo está mirando y eso revela algo profundamente incómodo sobre la manera en la que se piensa el espacio público en México. Podemos verlo en algunas estaciones de la Línea 2 como lo es la estación Hidalgo, ahora con sus candelabros pero sin escaleras dignas, con los tablones de madera y restos de lo que alguna vez fue el Metro. Ahora, si para nosotros es complicado trasladarnos, ¿qué pasa con las personas que tienen alguna discapacidad física? Donde los elevadores están bloqueados entre los escombros o simplemente no están en funcionamiento.

La prioridad nunca parece ser el bienestar cotidiano de las personas que utilizan el sistema todos los días. La prioridad aparece cuando existe una oportunidad de proyectar una imagen internacional eficiente, moderna y funcional. Mientras tanto, millones de usuarios continúan adaptándose a cierres, retrasos, saturación y trayectos cada vez más largos. El Metro sigue funcionando, pero también sigue revelando las profundas desigualdades de una ciudad que constantemente intenta verse moderna sin resolver completamente sus problemas más básicos. Quizá por eso la palabra “maquillar” resulta tan precisa, porque maquillar no significa transformar, significa cubrir temporalmente aquello que continúa ahí debajo.

JAQUELINE SPÍNOLA MALVÁEZ

COLABORADORA

Lic. en Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Me gusta leer, escuchar rock en español y dejar que el caos creativo acomode mis ideas a su manera. Me tomo como tres tazas de café al día, no me juzguen.