¿QUIÉN LE TIENE MIEDO A ANTOINE DOINEL?: LA VIDA DE UN ÍCONO FICTÍCIO

Revisitando la saga completa: de Los 400 golpes a El amor en fuga.

CINECINE DE EUROPANOUVELLEVAGUEFRANCOIS TRUFFAUTJEAN-PIERRE LÉAUD

Por María José Aguilar

7/13/202610 min read

Cuando François Truffaut estrenó Los 400 golpes, el cine francés tenía poca o ninguna identidad.

Lejanos eran los días en los que el país galo tenía algo verdaderamente interesante que contar. Para 1959 –el año del estreno de dicha película– eran aproximadamente treinta años de que París había sido inundado por el dadaísmo de Tristan Tzara o el surrealismo de Dalí, mismos treinta años en que el cine nacional no tenía nada más para aportar que producciones telenovelescas. Basta ver a Danielle Darrieux una vez más en un drama de la alta sociedad a la Anatole Litvak para comprender el estado del cine en la ex república napoleónica.

Durante el periodo entreguerras Francia estuvo cerca de tener una verdadera identidad fílmica, pero como bien se nos ha enseñado, la guerra no perdona y arrasa con todo lo que florece a su alrededor. Por dicho motivo la generación de directores como Jean Renoir, Marcel Carné o Jean Vigo no fue más que un destello de creatividad. Herederos del legado de los cineastas del realismo poético, fusionados con el neorrealismo italiano, los jóvenes escritores de la publicación Cahiers du Cinéma se convirtieron en los directores leyenda de la Nouvelle Vague, movimiento con exceso de carácter que por fin le dio a Francia un lugar imborrable dentro de los libros de historia del séptimo arte.

Arquitecto de dicho movimiento, el parisino François Truffaut (n. 1932) colocó uno de los primeros ladrillos en el edificio de la Nueva Ola. Precedido por La Pointe Courte (1955) de Agnès Varda y Le Beau Serge (1958) de Claude Chabrol y seguido por À Bout de Souffle (1960) de Jean-Luc Godard, se encuentra su ópera prima y obra maestra: Le 400 Coups –Los 400 Golpes– (1959). La historia casi autobiográfica retrata la infancia tardía del director, adoptando como alter ego a Antoine Doinel, un niño de 12 años con una infancia dolorosa. El rebelde e incomprendido Antoine es ignorado y maltratado por sus padres y maestros, deseoso de poner fin a su situación, abandona su casa y comienza una serie de aventuras y pequeños hurtos a lado de su amigo René, todo con el objetivo de ganar dinero y comprar su independencia. El argumento de esta película, cotidiano y realista, no fue lo único revolucionario para su época: el uso de luz natural, el rodaje en exteriores y la cámara en mano convirtieron la ópera prima de Truffaut en un parteaguas inmediato para el cine moderno. El filme le valió el galardón a mejor dirección en el Festival Internacional de Cine de Cannes.

Si bien el genio es de Truffaut, el corazón de dicha obra vive bajo el nombre de Jean-Pierre Léaud. Nacido en París en 1944, hijo de la también actriz Jacqueline Pierreux y el asistente de dirección Pierre Léaud, el joven actor no era ajeno al mundo del cine. Luego de que su madre se enterara de que se estaban llevando a cabo audiciones para la película, Léaud puso todo su empeño para ser el actor elegido, no tanto por el hecho de que le apasionara actuar, sino porque era la excusa perfecta para no ir a la escuela. A pesar de ser un par de años más grande de lo que requería el rol protagonista, su personalidad extrovertida y la determinación para conseguir el papel impresionaron al director, convirtiéndolo así en Antoine Doinel.

Parece un relato menor sobre un golpe de suerte y una buena película, pero va mucho más allá. La historia de Los 400 Golpes fuera de la gran pantalla es una historia de amor, generosidad y reconocimiento. Es la historia de un padre sin hijo y un hijo sin padres, y cómo la vida se acomodó de manera misteriosa y precisa para unirlos a ambos cuando más se necesitaban. Además de sus dotes artísticos, el verdadero motivo por el que François Truffaut eligió a Jean-Pierre Léaud fue porque se reconoció en él tal como había sido a esa misma edad. Desde los seis años, Léaud había sido expulsado de escuelas constantemente; cuenta la historia que el director del internado al que Léaud asistía al momento de la filmación de la película, ubicado a unos 125 kilómetros de París, le escribió una carta al cineasta refiriéndose al alumno como inmanejable, lo acusó de "indiferente, arrogante, desafío permanente, falta de disciplina en todas sus formas", para finalmente declarar que se había convertido día tras día en un caso emocionalmente alterado. Truffaut también había sido un caso emocionalmente alterado. Para el Paris Journal de 1959, Truffaut confesó cuán similares eran: "Aunque ambos somos rebeldes, no expresamos nuestra rebeldía de la misma manera". Tímido y con tendencia a esconderse, Truffaut no enfrentaba cara a cara las consecuencias de sus actos; por otro lado, Jean-Pierre asumía toda la responsabilidad; quería que se supiera el mal que había hecho.

La conexión entre ambos solamente creció cuando Jacqueline Pierreux acudió desesperada al director explicándole que su hijo y el señor Léaud comenzaron a tener una serie de desencuentros fuertes, donde la rebeldía del joven escaló a querer enfrentar físicamente a su padre. Cuando su protagonista llegó al set con la cara amoratada, Truffaut tomó cartas en el asunto y se llevó al niño a vivir con él. Ahora la vida era cíclica y, sin darse cuenta, Truffaut hizo lo mismo que el crítico André Bazin hizo por él a la misma edad: lo acogió como un padre y lo instruyó en todo: el cine, la vida, la manera de ver el cine a través de la vida. Como el mismo Léaud dijo en una entrevista en 1970: "Godard es mi tío, pero Truffaut es mi padre".

Esta relación duró poco más de veinte años y generó siete películas. En los tres años que tardaron en volver a rodar juntos, Jean-Pierre Léaud trabajó como asistente de dirección para su mentor y otros grandes nombres del cine de su país: Godard y Richard. En 1962 surgió la excusa perfecta para revivir la historia de Antoine Doinel y dar comienzo así a la saga de su vida, creando uno de los regalos más grandes del cine: ver crecer frente a la pantalla al enfant terrible de la nouvelle vague. En nuestros tiempos es común ver a niños actores convertirse en hombres frente a nuestros ojos, pero en los años sesenta esto era toda una novedad. Cuando el productor Pierre Roustang le otorgó un espacio a Truffaut en su producción antológica internacional "El amor a los veinte años" –donde también dirigieron segmentos Andrzej Wajda, Marcel Ophüls, Renzo Rossellini y Shintarō Ishihara–, el director no lo pensó dos veces e inmediatamente revivió la línea temporal de su alter ego.

En este corto de media hora se nos presenta un Antoine de 17 años, quien por fin vive solo en un modesto apartamento de París, sigue en contacto con su amigo René, y trabaja para la discográfica Philips, haciendo vinilos en la fábrica. Es entonces donde se presenta el tema principal del resto de la saga Doinel: el amor. Antoine se enamora por primera vez de una chica, de nombre Colette, a quien conoce en un concierto –de ahí el título del corto Antoine y Colette–, interpretada por la futura estrella del cine francés Marie-France Pisier. Tras una lucha por cautivarla, Antoine es finalmente rechazado, cosa que se toma muy mal. Sin embargo, la peculiaridad del personaje es que no solamente se enamora de la chica, sino de su familia, pues todo el cariño que espera recibir de Colette lo recibe de los padres de ella, con quienes forma una gran relación, sacando a relucir su falta de cariño familiar. Con un tono mucho más suave y cómico que la primera entrega, se adivina en este corto el carácter adulto que tendrá Antoine: torpe, impetuoso, dadivoso, trabajador, obsesivo, simpático, encantador y complejo. En los seis años que transcurrieron para el estreno de la tercera parte de la saga, Léaud tuvo su época más prolífica tanto dentro como fuera de cámara, continuó como asistente de dirección para los realizadores previamente mencionados, y trabajó por primera vez con Jean Eustache en Le Père Noël a les yeux bleus (1966).

En 1968 llegó Besos Robados. Posiblemente una de las mejores versiones de Antoine en la saga. Se presenta al personaje de 23 años navegando los primeros años de adultez entre trabajos inestables, en los cuales dura poco tiempo por falta de habilidad, pero no siendo menos encantador. Tras ser expulsado del ejército por bajo rendimiento, la necesidad lleva a Antoine a conseguir todo tipo de empleos: guardia de seguridad, recepcionista, vendedor de zapatos, detective privado, técnico de televisores. Sin embargo, su verdadero calvario nuevamente viene de la mano del amor: ha perseguido a una chica por dos años de nombre Christine Darbon –encarnada por Claude Jade–, quien lo mantiene en un limbo entre amistad y coqueteo sin respuestas claras. A la par conoce a una mujer mayor en extremo hermosa, Fabienne Tabard –interpretada por la gran Delphine Seyrig–, por quien pierde la cabeza. ¿El gran problema? Es la esposa de su jefe en la tienda de zapatos.

Truffaut nos entrega una comedia fina sin dejar de lado la complejidad del mundo interior de Antoine y todo lo que lo rodea; sus personajes femeninos no son menos complejos o importantes, pues su intelecto y personalidad se ponen por encima de Antoine logrando conflictuarlo. Se vislumbra un Antoine pseudo adulto, pues aunque independiente es todo menos maduro, conocemos su enorme ternura y devoción a pesar de sus limitadas posibilidades, aspecto que no lo rebasa, pues sigue siendo aguerrido e impetuoso; solamente le teme a lo que verdaderamente lo hace sentir demasiado: las mujeres. Se ha escrito muchas veces que Jean-Pierre Léaud solo supo interpretar a Doinel actuando de sí mismo. No podría existir mayor mentira. Si bien añadió aspectos de su personalidad en la primera película, Léaud diseñó el personaje conforme fue creciendo. Actuó su evolución lejos de aquel niño que alguna vez interpretó; tuvo que imaginar a un hombre con errores y aciertos que él no cometió. Besos Robados culmina con una Christine completamente abierta de corazón a Antoine, quien le pide matrimonio.

Es cómico, es adorable, es idílico. Todo eso se podría señalar de nuestro protagonista. No hay rastro de los errores que sus padres cometieron con él, ni similitudes con las malas acciones de sus progenitores. Por lo menos eso aparentó hasta Domicilio Conyugal, estrenada en 1970. Con 25 años, Antoine es un hombre felizmente casado y con una vida matrimonial perfecta. Christine trabaja como maestra de violín dando clases en su apartamento o a domicilio, mientras que Antoine trabaja para unos floristas japoneses pintando rosas. La primera mitad de la película genera un sentimiento cálido en el pecho: la relación marido-mujer, sus hábitos, su casa, su vida y su rutina dan la esperanza de que Antoine Doinel finalmente ha encontrado la verdadera felicidad. A todo esto se suma la llegada de su hijo, Alphonse, a quien Antoine adora.

Sin embargo, todo este idilio se rompe cuando su verdadera naturaleza le llama; irónicamente se comienza a comportar como la persona que más lo conflictuó y de quien intentó jamás ser un reflejo: su madre. Antoine comete adulterio con Kyoko, una mujer japonesa que conoce mientras él trabaja para una empresa norteamericana; esta situación resulta contradictoria, pues uno de los reproches más grandes a su progenitora era que ella misma engañaba a su marido. Luego de ser descubierto por Christine, Antoine deja la casa y comienza una relación con Kyoko, la cual no logra mantener, pues día tras día siente más el peso de no tener a Christine en su vida, reconociéndola así como su verdadero amor. Finalmente, Christine decide perdonarlo y logran formar una familia feliz.

Aquí se rompe el sueño. Puede que mi juicio personal logre colarse en la interpretación de dicha historia, pero después de Domicilio Conyugal resulta imposible ver a Antoine Doinel de la misma manera. Los deseos de alegría y buena fortuna que uno esperaba para él tras años de batallas personales –las cuales luchaba solo– son difíciles de mantener. Es aquí donde tanto Truffaut como Léaud reescriben una historia con maestría, pues construyen a un personaje completamente humano, dejando al espectador conocer el peor lado de Antoine. Es aquí la muerte de un ídolo de la clase obrera, de los abandonados, de los jóvenes, pero sobre todo, la muerte de un hombre honesto. Tal vez el mayor hito de la dupla Truffaut-Léaud después de su primera colaboración.

En 1979, veinte años después de ver al joven Doinel por primera vez, llega la última entrega de la saga: El amor en fuga. Con 33 años, Antoine ha publicado su primer libro, una memoria que detalla su infancia y sus relaciones con las mujeres. A la par se está divorciando de Christine, pero a diferencia de otras separaciones, esta es pacífica. El amor que se tienen sigue siendo evidente, pero la incompatibilidad los lleva a poner fin a más de 10 años de relación. Antoine divide su vida entre criar a Alphonse, quien acude a la primaria, y mantener una relación estable con Sabine, una mujer mucho más joven que él. En medio de todo esto, se reencuentra con su primer amor, Colette, quien es abogada en la corte donde Antoine lleva su proceso legal. Tras su reencuentro, ambos platican sobre el pasado y se ponen al corriente sobre qué ha sido de sus vidas. Finalmente toman caminos separados. Antoine recapacita sobre todos los errores que cometió tanto con Colette como con Christine, decidido a no hacerlo con Sabine. Tal vez la película más floja de toda la saga, pues recurre a flashbacks prolongados donde se insertan largos tramos de las películas anteriores, teniendo un total de 20 minutos de material reciclado. Una historia que fácilmente se pudo haber omitido, El amor en fuga sirve como un cierre nostálgico, sin intenciones de direccionar la vida de Antoine drásticamente, simplemente de recordarle al público quién era Antoine Doinel y mostrarlo convertido en un hombre.

La manera en la que Léaud logró ir más allá y actuó toda la vida de una persona de una manera tan auténtica y convincente es uno de los mayores logros en el cine francés. La historia de Antoine Doinel va más allá de la rebeldía o de los errores de la juventúd, detalla cómo los hijos, aunque huyan de ello, son el producto indiscutible de los padres. Al final el protagonista no es del todo bueno y no es del todo malo, es simplemente un hombre intentando dejar atrás una vida a la que no desea volver, buscando siempre algo mejor, y nunca abandonando la idea de amar y ser amado. Tal vez esta medalla que se cuelga la cinematografía del país de los Lumiére solo sea superada por la mejor película de todas: una que trata sobre cómo un hombre se reencontró a sí mismo en un niño, y cómo la relación de Truffaut y Léaud dejó de ser sobre mimetismo, para finalmente convertirse en uno mismo, llamado Antoine Doinel.

MARÍA JOSÉ AGUILAR

EDITORA EN JEFE

Lic. en Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Me creo una chica Almodóvar. La música es mi vida, el cine mi pasión. El boing de mango y la cerveza modelo son mi combustible.