SIEMPRE SE HACE TARDE EN LA CIUDAD #1: LOS PARALELISMOS DE LA VIDA CON EL METRO.
Reencuentros con el pasado y resoluciones de año nuevo.
MÉXICOCULTURA POPSOCIALROCK
Por Cecilia Alemán Zulueta.
1/17/202610 min read


Nota de la autora: Todo lo descrito en las siguientes líneas es verídico, puesto a que se expone una vida de manera abierta y personal, los nombres de las personas y lugares son alterados en este y los subsecuentes números de esta columna.
Sentí que descendía por un espiral de locura tras estar casi una semana fuera de Ciudad de México, con motivo de las festividades navideñas. Los primeros dos días estuvo bastante bien, pero el exceso de silencio por las noches me imposibilitaba dormir, me extrañó mucho no poder conciliar el sueño, ¿Cómo era posible que tras un día de no hacer nada, no pudiera descansar? Y ahí me hizo click todo. No podía dormir porque nada estaba pasando, todo era lineal, todo era tranquilo: sin imprevistos, sin imaginación para resolver dichos imprevistos. En el momento en el que regresé a la ciudad, entrando por el sur –lugar que exploré ligeramente más el año pasado que cualquier otro año–, sentí un alivio inmediato. Toda esa energía recuperada necesitaba sacarla lo más pronto posible, sin pensarlo dos veces le marqué a Sofía, mi mejor amiga, y volví a las andadas en el concreto tan pronto como llegué de mi viaje. Esa noche por fin dormí. Esto me hizo darme cuenta que soy irremediablemente citadina, y un poco adicta a las descargas inmediatas de dopamina.
Para muchos un respiro de la ciudad puede sonar como un sueño, pero para mí más de tres días fuera del lugar donde nací, donde he habitado tanto tiempo, y donde actualmente trabajo, me saca de quicio. Siento que todo pasa tan rápido que tan solo ausentarse unos días las cosas se me van de las manos. Por ejemplo, durante mi tiempo lejos, la feria del Guadalupe-Reyes se instaló en Avenida Hidalgo y la Alameda, me perdí de ver a Unperro Andaluz en la Condesa o a Grito Exclamación en la Cineteca Nacional, y sobre todo, prescindí de ver el alumbrado del Zócalo el día de navidad, aplastada por la gente, avanzando a paso lento codo a codo junto a cientos de desconocidos, sorbiendo un café lechero de ni más ni menos que dieciocho pesos que venden en esos triciclos con bote naranja y canastas de pan, que rondan en turnos matutinos y nocturnos.
A pesar de vivir rodeada de ruido, destellos de peligro, surrealismos e incluso smog, no existe nada en el mundo que prefiera más que ser citadina, eso significa muchas cosas: a ojos de un foráneo de Puebla, como lo es mi amigo Ernesto, a quien conocí en la carrera, ser de la ciudad es ponerse al “tú por tú” con los coches, yo nunca me había dado cuenta de eso hasta que me un día me dijo “tu si que eres chilanga, te le avientas a los coches en vez de esperar a que ellos frenen” –no hagan eso por favor, ya dejé de hacerlo desde entonces–. También puede significar sobrevivir a trayectos de dos horas que en realidad son muy cortos, o intentar recuperar el tiempo de esos trayectos yendo en ecobici, como la hace mi amigo Octavio del trabajo, que a todas las reuniones llega pedaleando. Otro elemento de la experiencia en la ciudad es tener encuentros inesperados en el metro, como me ocurrió a la semana de regresar a la ciudad. Un martes cuando volvía del trabajo tomé metro Zócalo, antes de llegar me encontré de frente a Ximena, una de mis compañeras de la universidad con quien a penas forjé una amistad este semestre, me emocioné mucho de encontrarla de manera tan inesperada. Bajando en metro Tacuba vi desde el interior del vagón a Nailea, quien hace ya varios años fué una muy buena y cercana amiga mía en la preparatoria, sus ojos redondos y avellana se abrieron enormemente cuando me alcanzó a ver dentro del vagón desde el andén, nos alcanzamos a dar un abrazo express antes de hacer el transbordo, esa misma tarde me escribió para saber que había sido de mi, me dió una alegría enorme saber que a ella le está yendo bien. Estos son algunos de los ejemplos del adn de ser citadino, pero creo que el común denominador de estas y más experiencias es estar rodeados de la gente, no importa el lugar ni la hora. La gente siempre me ha fascinado, ¿Por qué se llaman como se llaman? ¿Tienen un segundo nombre? ¿Tienen hermanos? ¿Dónde crecieron? – Esas son algunas de las preguntas que siempre le hago a la gente que acabo de conocer, precisamente para poder conocerlas.
Si hay un lugar que engloba varios de los puntos que ya he mencionado sobre la experiencia de ser citadino, ese sería un venue-bar un viernes por la noche . Primero que nada tienes el contacto físico estilo metro, codo con codo, tanto en el spot donde tocan las bandas –donde uno es empujado al igual que cuando sale del metro en hora pico– como en la terraza, donde la fila interminable para la cerveza se vuelve un paralelo con las filas de autos por Reforma y Periférico altura Polanco alrededor de las 7:30 de la mañana. Además de los elementos de supervivencia, la mejor parte son los encuentros inesperados, pues uno puede tener por seguro que siempre se va a encontrar a un conocido, incluso si tiene años sin verle.
Viví uno de esos encuentros en el primer evento en el venue-bar al que asistí en este 2026, al que llegué de manera inesperada –como los cierres de línea–, pues mi fin de semana comenzaba por otro lado. Ese viernes acompañé a mi buen amigo Eduardo a un bar en la Roma, Lalo es fanático de la música latina y me invitó junto con nuestro amigo en común, Oscar –con quien trabajo en El País–, a ir a ver a una agrupación de Salsa con la que desea poder tocar. Oscar y yo bajamos en metrobús Álvaro Obregón y llegamos en punto de la hora en la que habíamos quedado con Eduardo, decidí marcarle para saber si todo iba bien, pero me sorprendió hablando en plural “Nos estamos estacionando” dijo. Mi sorpresa fue mucho mayor al verlo llegar al bar acompañado de conocidos de lo que para mí se siente como toda una vida pasada: Memo, Emilio y, mi mayor sorpresa, Liliana. No tenía la más mínima idea de que se conocieran con Eduardo, pero luego pensé un poco y resolví que definitivamente era una posibilidad, pues los cinco vivíamos en la Colonia Industrial y sus alrededores. Honestamente, me sentí muy nerviosa en un inicio, no los veía desde la preparatoria, me puse a pensar y caí en cuenta que la última vez que estuve con Liliana yo tenía dieciocho años. Para no hacer esto más tedioso, nuestra amistad se había roto antes de terminar la preparatoria por culpa de terceros, cuestión que a mi no me generaba ningún rencor en absoluto. El saludo fue cordial, todo fue amable, todo marchó bien, como si nunca hubiera pasado nada, pero yo muy en el fondo sentía que el tema iba a resurgir en cualquier momento. El ensamble de Salsa tocó maravillosamente, al finalizar esperamos a que Lalo hablara un poco con los integrantes porque al parecer ya eran amigos de hace tiempo. El evento terminó relativamente temprano y seguíamos con ganas de dar una vuelta, es en ese momento cuando a Emilio se le ocurrió sugerir “ir a donde hay más ruido”, y propuso ir al show Frecuencia Central, todos aceptamos. Saliendo del bar me moría por un cigarro, pero para evitar la tentación de fumar este año decidí no comprar cajetillas. No había ni un solo vendedor de cigarros sueltos a la redonda, ni un puesto de periódicos abierto, Liliana me ofreció uno y primero dudé en tomarlo, pero lo hice. Ahí me llené de nostalgia y algo se movió en mí, Liliana es quien me enseñó a fumar, al ser amigas en la prepa solía juntarme con las chicas de su grado, todas ellas fumaban menos yo. Entonces me vino un recuerdo que puede sonar burdo, pero para mi es hermoso: yo tenía diecisiete años y estábamos en un evento escolar, cuando ella se me acercó junto con sus amigas y me contaron su plan de escaparse del evento e ir a fumar afuera de la escuela, no lo pensé dos veces y me fuí con ellas. No sabía fumar, ni siquiera como prender un cigarro, ese día Liliana me explicó todo.
Nos subimos como pudimos al coche de Emilio, para romper el hielo platicamos de música y salió al tema Santa Sabina, pusimos la canción El Ángel. Llegando al bar Oscar me preguntó “¿Crees encontrarnos a alguien hoy?”, como por arte de magia me encontré en la puerta a una chica que conocí en un concierto, y subiendo las escaleras ví a un ex compañero de trabajo, no estaba cien por ciento en sus sentidos así que dudé mucho que se acordara de mi y no lo saludé. Acto seguido, en la titánica fila de las cervezas, Liliana y Emilio se encontraron a un amigo suyo ingeniero en audio, mientras que Eduardo se encontró a otro grupo de amigos, a quienes no me quedó muy claro de dónde conocía. Los amigos de Lalo nos invitaron a sentarnos en su mesa, tuvimos la clásica “small talk” sobre a qué bandas iban a ver o a qué se dedicaban. Siendo honesta, no tenía ningún interés en entrar a ver tocar a las bandas, pero creo que todos los que íbamos juntos preferíamos estar sentados platicando esta ocasión. Es ahí cuando finalmente retomamos el “¿Qué pasó hace ya tanto tiempo?” entre Liliana, Emilio y yo, lo único que diré es que no existe mayor satisfacción para mi que ver cómo cambia y madura la gente con los años, y este fue el caso, y fue maravilloso.
Ya todo estaba monótono, cuando a lo lejos veo llegar a algunos de mis personajes favoritos en el imaginario underground de la ciudad –tal vez no sea así, pero me gusta exagerar dicho título–, tan favoritos son para mí que sentí las ganas de permanecer un rato más en el lugar. Samuel y David son todo lo opuesto a lo que la gente imagina cuando dices que te gusta el rock y que frecuentas lugares underground de dicho género. Son de las personas con quien más rápido vas a congeniar jamás, David está en la brecha entre introvertido y extrovertido, al inicio su timidez es muy notoria, pero conforme pasa el tiempo y lo conoces un poco más te das cuenta que es increíblemente simpático, recuerdo mucho comenzar a hablarle porque me prestó un encendedor en un venue en la alcaldía Miguel Hidalgo, y a diferencia de otros personajes que tienen cierto esnobismo por pertenecer a círculos fuera de la norma, él siempre se mostró muy abierto. A partir de ahí hubo una racha de shows donde me lo encontraba seguido, primero nos saludamos de lejos, el siendo un poco penoso, pero conforme pasó el tiempo nos hicimos amigos. Samuel, por otro lado, conecta casi de inmediato con la gente, es completamente transparente, tiene absolutamente cero poses y se nota a leguas que la música es su pasión más grande, mi amistad con él nació de una forma un poco parecida a con David, sólo que en vez de pedirle un encendedor, nos comenzamos a habalr porque un amigo en común nos presentó en un bar.
Les acompañaban Erik y Pablo. Erik es callado, pero cada que abre la boca para hablar dice lo más preciso, le he visto pocas veces pero también me da esa sensación de que no tiene nada que ver con el estereotipo alzado, me atrevería a decir que incluso me inspira confianza, recuerdo mucho la primera vez que nos hablamos, estábamos en un show cerca de la Colonia San Rafael, cuando me tenía que ir él me acompañó al metro y se regresó al show. Pablo es una de las personas con más personalidad que he conocido en mi vida, me atrevería a decir que uno de los pocos y verdaderos punks de nuestros días, y no necesariamente lo digo por su forma de vestir o manera de arreglarse, sino en sus actos. La historia de cómo nos conocimos esta muy ambigua, yo recuerdo haberle hablado afuera de un bar, donde un amigo en común nos presentó, pero el recuerda que nos conocimos en un evento en el centro, sea cual sea la historia, he de admitir que a mi me daba mucha pena hablar con él al inicio, porque siempre me dió la impresión de que tiene un carácter difícil. Pablo es como una montaña rusa: de base siempre es muy discreto y poco se sabe de él, cuando lo conoces un poco tiene altibajos, hay veces que es muy bromista, muy platicador y muy atento, pero en otras es seco, distante o muy serio, cuando verdaderamente sabes quien es, es evidente que es el epicentro de lo que lo rodea, sin embargo eso lo aprendí de vista, no por experiencia propia. Finalmente, iban acompañados de dos amigos más: Abraham y Charly, a quienes he tratado muy poco, pero siempre me han caído bastante bien.
Nos dimos el felíz año nuevo casi una semana después de comenzado el 2026, entre sus propósitos se encontraban el típico dejar de fumar, tomar menos, dejar malos hábitos y una lista llena de clichés, yo creo que ninguno de ellos se la creía cuando listaba sus propósitos. Eran alrededor de las once de la noche y mis amigos querían que nos fuéramos a la industrial a tomar algo en casa de alguien, pero yo estaba completamente seducida por la idea de terminar la fiesta bastante tarde y hacerles compañía a mis recién llegados conocidos, pero me sentí fatal al pensar en dejar morir solos con quienes originalmente llegué al venue y decidí irme con ellos. El encuentro inesperado con mis favoritos conocidos del circuito me cambió el ritmo de la noche, no por que no estuviera disfrutando de estar con mis amigos, si no porque mi ritmo siempre se vuelve más veloz cuando estoy en su compañía, es como si mi mente mimetizara la velocidad en la que viven ellos, no se si por diversión o por supervivencia. Pensé luego que para sobrevivir en esta ciudad había que hacer precisamente eso que yo hacía con ellos: mimetizar. Me di cuenta por qué ellos representan este lugar a a perfección, sus vidas son como la ciudad misma donde habitan: rápidas y siempre llenas de imprevistos, pero nunca prescinden de diversión.


