SIEMPRE SE HACE TARDE EN LA CIUDAD #2: LA CALLE ES LA NORMA, LA CASA LA EXCEPCIÓN.
Una narración de la batalla constante entre el llamado a salir y lo poco que uno visita su hogar.
ROCKCULTURA POPMÉXICOSOCIAL
Por Cecilia Alemán Zulueta
1/26/202617 min read


Museo Casa de Venustiano Carranza, Colonia Cuahutémoc.
Cuando uno vive en la ciudad, estar en su propio hogar es un privilegio.
Pasar un día de ocio en casa resulta un lujo, pues el llamado de la calle siempre acecha, aunque uno no quiera estar en ella. Es como si pidiera a gritos nuestra presencia para no sentirse muerta o silenciada. O tal vez es solo una forma bonita de admitir que la semana pasada fui una pata de perro sinvergüenza y que, si sumamos todas las horas en las que estuve en mi casa contra todas las horas en las que estuve en la calle, podrían darse cuenta de que solamente la visité para dormir un poco, comer dos que tres cosas, asearme y volver a la jungla de concreto.
No lo malinterpreten, hay diversos motivos por los que esto ocurrió; la balanza se inclina entre la fiesta y el trabajo. Al deber laboral me resulta imposible darle menos tiempo o menos importancia de la que se merece, y es por esto que desde el miércoles, con excusa profesional, comenzó mi maratón de deprivación del sueño. Por la mañana llegué a mi oficina en El País y revisé diversas notas a las que había que corregirles el estilo; a la hora del almuerzo me marcó Eduardo y me pidió que lo ayudara de manera urgente. Mi amiga Susana, quien también es amiga de Eduardo, le había estado ayudando a conseguir un lugar donde posicionar a su grupo de salsa. Susy había quedado en ir a darle el visto bueno a un lugar esa noche, pero de último momento le resultó imposible porque se alargaría mucho su horario de trabajo. Lalo me pidió que fuera a checarlo por ellos. Al inicio me sentí perdida; nunca había hecho algo así, no tenía idea de por dónde empezar ni qué hacer una vez que llegara al lugar. Le marqué a Susana para que me explicara de qué iba la cosa; sonaba muy estresada y a la vez agradecida. Al notar el alivio en su voz, acepté hacerle el favor sin dudarlo. Cuando vi la dirección del lugar a donde me pidieron ir, me sentí como cuando llegas a casa después de que tu batería social se ha agotado: aliviada. Debía ir a un club relativamente nuevo, el cual abrió el otoño pasado. Ya había tenido oportunidad de visitarlo gracias a mi amigo Noé, saxofonista, quien se presentó ahí. Saber que era un lugar conocido y que además se me hace un espacio precioso me dejó un poco más tranquila, pero no aguanté la idea de ir sola, pues aunque no me considero alguien tímida, me suelo poner bastante ansiosa en situaciones así.
Mi primer invitado fue Gerardo, es el amigo del trabajo con quien más confianza siento; lo veo como mi soporte cuando siento que no estoy haciendo las cosas muy bien en el trabajo. Gerardo es alguien en extremo cálido y, aunque tímido, siempre habla con la verdad y anima a todos a su alrededor. Tiene el don de la gente de manera innata. De primera instancia me dijo que estaría encantado en acompañarme, pero antes de salir de la oficina me dijo que tenía que cubrir horas extra y que ya no podría ir. Es entonces cuando decidí invitar a Rodrigo, otro amigo del trabajo, quien inmediatamente me dijo que sí. Rodrigo ya me había ayudado en una situación similar el año pasado, pues mi amigo Noé me había invitado a una fiesta que tenía que ver con unas sesiones donde tocó el sax, pero nuevamente me puse muy nerviosa y decidí pedirle a Rodrigo que viniera conmigo. Su naturaleza transparente y gran habilidad para entablar plática eran idóneas para la ocasión —es precisamente en esa fiesta donde nos hicimos muy buenos amigos Samuel y yo—.
Fui a arreglarme rápidamente a mi casa. Quedé de ver a Rodrigo a las ocho de la noche, pero llegué bastante más temprano, pues pensé que el tráfico iba a ser peor. Fui a caminar un rato y observé los distintos lugares que apenas abrían sus puertas el miércoles a las siete y media de la noche. Me di cuenta de que detrás de cada lugar que comenzaba sus labores de forma nocturna existía una deprivación del hogar. Es un hecho que los empleados no experimentan la convención del ocio nocturno en un pequeño cuarto o en una sala; ese sentimiento de un peso que es retirado de los hombros una vez que finaliza el día. La clientela, por otro lado, pasa por la misma situación que los empleados del lugar; sin embargo, lo hacen por gusto, no por necesidad. Finalmente pensé en los establecimientos mismos: la mayoría de los locales de la Roma fueron una vez el hogar de alguien. Esa reflexión es el ejemplo perfecto para explicar a lo que me refiero cuando digo que el llamado de la calle siempre acecha, pues parece que devora los hogares y los hace suyos.
Rodrigo llegó unos veinte minutos pasadas las ocho de la noche, pero antes de entrar al lugar decidimos fumar. Ahí me contó sobre sus inquietudes de poder trabajar en la televisión; siempre ha sentido una pasión por la multimedia y veía viable comenzar en esa área a mediados de año. Al término del cigarro nos dispusimos a pasar al lugar; había bastante gente para ser un espacio reducido. Así como cruzamos la puerta vimos a Noé; me tomó por sorpresa verlo ahí, tenía unos cuatro meses sin coincidir con él. Descubrí pronto que estaba coordinando el evento de ese día y llevaba coordinando distintas cosas en el lugar desde hace no mucho tiempo. Rodrigo y yo nos sentamos a tomar una cerveza; yo aún sentía muchos nervios de comenzar a actuar conforme a lo que me indicó Susana, así que hicimos un poco de tiempo. Rodrigo se encontró con un amigo, cuyo nombre no puedo recordar; mis ansias no me permitían concentrarme. Se sentó con nosotros un buen rato; Rodrigo le contó de sus planes en la televisión, yo no hablé mucho. A la hora fuimos por otro cigarro, que se convirtieron en dos al hilo cuando vimos que la mayoría de la gente estaba saliendo del lugar para hacer lo mismo. Finalmente decidí tomar cartas en el asunto y me acerqué a un mesero para preguntarle si sabía quién era el responsable de aceptar músicos en el lugar. Me llevó con otro mesero, que a su vez me llevó con un hombre de unos sesenta años. Me presenté y cuando iba a comenzar a explicarle la situación me dijo que él no era el indicado para ello. Me desesperé un poco porque nadie parecía saber quién era la persona indicada, hasta que el señor me dijo que me presentaría con Noé. Me llevó hasta él y nos presentó; los dos fingimos no conocernos y nos dimos un apretón de mano tratando de no reírnos. En ese momento todo fluyó para mí. Noé me dijo que definitivamente podría ayudarnos. Una victoria más para Lalo, Susy y compañía.
Horas en casa del miércoles: 8 de sueño + 1 para arreglarme por la mañana + 1 para arreglarme en la tarde: 10 horas. Horas en la calle del miércoles: 14 horas.
El jueves llegó mucho menos amable que el día anterior. Apenas tuve tiempo de terminar mis pendientes en el calendario, pues debía salir mucho antes del trabajo para poder asistir a un evento de una radiodifusora del cual me habían notificado tan solo veinticuatro horas antes. Chris, un socio de relaciones públicas de la oficina, me sugirió para el evento junto a otras dos compañeras de mi área: Evelyn y Mina. Con Mina ya llevo trabajando bastante tiempo; nos acoplamos de una manera increíble. Siempre estuve muy agradecida de que entrara al trabajo, porque la gente anterior de su área hacía que todo se dificultara más. No solamente es una profesional a la que admiro, sino que se ha vuelto una amiga de verdad: es muy propositiva, cae bien enseguida, tiene opiniones muy valiosas y siempre está dispuesta a ayudar. A Evelyn la conozco desde hace menos tiempo; es de las personas más recientes en llegar al equipo de RP. Sin embargo, ha hecho un trabajo increíble estos meses y, al igual que Mina, ha sobrepasado el desempeño de la gente que estaba en su puesto anteriormente. Evelyn es un sol absoluto: es empática, honesta y, aunque he descubierto que suele poner en duda su desempeño, siempre que sale de su zona de confort brilla más que nunca.
Fui a casa para alistarme y corrí de vuelta a la calle pasada una hora. Los andenes del metro se sentían particularmente fríos; la calle me traicionó ese día y tuvo un brusco cambio de temperatura. Cuando salí de casa hacía un calor bochornoso que amenazaba con llenarme la frente de sudor, pero una vez que salí del metro, mientras caminaba a mi destino, el viento helado me hizo temblar, incluso con la chamarra puesta. La radiodifusora organizó el evento en el Museo Nacional de San Carlos, en la Tabacalera. El espacio era precioso, apenas necesitaba decoración, pues el recinto por sí solo hacía todo el trabajo. Llegué casi a la par que Evelyn y Mina; cuando entramos al lugar conocí a Chris en persona por primera vez. Se siente extraño conocer finalmente cara a cara a alguien que has visto exclusivamente a través de juntas por Zoom. Me pareció bastante agradable, muy sociable, excelente para seguir una conversación cuando sientes que ya no hay más que decir: todo el perfil de un relaciones públicas. A la entrada vi llegar a Samuel, acompañado de un amigo suyo que conocí en una reunión en su casa hace algunos meses. Me sorprendió verlo ahí, pero luego descubrí que era amigo de Chris y eso explicó todo.
Mientras Mina, Evelyn y yo hacíamos nuestro respectivo trabajo de entregar copias de El País en un pequeño stand, vi llegar a Charly, el amigo de Erick y Pablo. Nunca imaginé que ellos tuviera nada que ver con el evento de la radiodifusora, así que supuse que Charly estaba ahí gracias a Samuel. Junto a él estaban Alfredo, Héctor y Saúl, muy amigos de todos los antes mencionados. Pasaron frente al stand y nos saludamos; les di una copia de El País y seguí trabajando. Pasado un rato, Chris se acercó al stand y me preguntó si tenía algo que hacer después de que terminara el evento. En cuanto dijo esas palabras di por hecho que esto se iba a alargar. Por un lado, estaba desvelada del día anterior y tenía trabajo al día siguiente, pero por otro me entusiasmaba mucho poder salir de una manera distinta con mis amigas del trabajo, así que no me quedó de otra que aceptar las cosas como eran. Chris me dijo que revisara mi teléfono, que ahí me enviaría la dirección de un restaurante que habían reservado para los invitados de la radiodifusora. Hubo una conferencia breve, entre Evelyn, Mina y yo hicimos registros para armar una nota, y dos horas después estábamos listas para irnos. Justo cuando la gente se comenzaba a ir vi llegar a Erick y Pablo, acompañados de Dulce y Eloy, unos de sus mejores amigos. Ahí intuí que también irían al restaurante.
Me crucé varias veces con Pablo, pero ninguno de los dos nos saludamos. Siempre me intriga saber en qué humor me lo encontraré: ¿será sociable de inmediato?, ¿tardará unos minutos en acoplarse? Cabe mencionar que el fin de semana previo fue la ocasión en que más distinto lo había encontrado, más abierto y más parlanchín; por dicho motivo, no sabía qué esperar. Cuando por fin nos saludamos fue muy tímido. Le presenté a Evelyn y a Mina, quienes me dijeron que lo encontraban bastante particular y extraño. Salimos del lugar y fumamos un cigarro con Eloy y Dulce. Ambos son gente de la gente. ¿A qué me refiero con esto? A que son personas que, sin importar qué tan poco las conozcas, provocan esa reacción que hace que les tengas aprecio; es como si los conocieras de toda la vida. Eloy se interesa genuinamente por lo que la gente tiene que decir, es muy solidario y tiene los pies en la tierra. Dulce es como un torbellino: es una fiesta andante, pero detrás de esa fiesta se esconde una inteligencia destacable y, estoy segura, una bondad aún mayor. Evelyn nos dijo que había venido en coche y que podíamos irnos todas juntas, así que esperamos a que los demás se adelantaran para no ser las primeras en llegar al lugar, que no estaba muy lejos. Era un spot bastante escondido en la colonia Juárez, del cual jamás había oído hablar. Pablo salió del lugar prendiendo un tabaco y caminó lejos, pero de la nada lo vi regresar sobre sus pasos y preguntarme, serio, si iría al lugar. Cuando le dije que sí, sonrió y no dijo más: se dio la vuelta y se fue.
En el trayecto supe que Mina era Guillermina hija, en honor a su mamá, y que Evelyn había sido bautizada así porque su padre era Eliseo y quería que tuviera un nombre con E. Cuando llegamos, todo se veía bastante vacío; por un momento dudamos estar en el lugar correcto y pensamos en irnos a algún otro lado a tomar algo solo nosotras. Luego Samuel me marcó: estaba igual de confundido que nosotras. A los cinco minutos empezó a llegar la gente del evento de la radiodifusora. Chris nos vio aliviadas y me preguntó si llevábamos mucho esperando. El restaurante era pequeño; me recordó al lugar donde los personajes de Ricardo Darín y Guillermo Francella tomaban cerveza y veían el fútbol en la película de Campanella, El secreto de sus ojos. Al inicio, mis compañeras y yo no sabíamos muy bien qué hacer; nos hicimos de una mesa en el rincón y reíamos como escudo contra la timidez. A nuestro rescate llegaron Eloy y Erick, con quienes platiqué un rato sobre la idea de dejar de fumar, cosa en la que ninguno de los tres va muy bien. El verdadero salvador fue Héctor, quien sin más agarró una silla y se sentó en nuestra mesa a hacernos plática. Descubrí que tenía una afinidad muy buena con él; me parece de esos tipazos que ya no hay, de los que tienen espíritu de pachuco. En una mesa más grande se acomodaron Pablo, Alfredo, Dulce, Saúl y un montón más de gente que no conocía, y regados por el lugar estaban Samuel, su amigo y Chris. El lugar estaba repleto, pero no porque fuéramos mucha gente, sino porque el espacio era reducido. Pude notar también que Héctor, aunque agradable, es medio bocafloja. De la nada empezó a contarme algunas cosas sobre amigos en común que, si bien no eran graves, me tomaron por sorpresa. Entre lo que dejó escapar, me contó una parte muy fuerte de la vida de Pablo, la cual no tengo ningún derecho de platicar en estas líneas. Mis amigas me observaron todo el tiempo mientras Héctor relataba la historia; estaban desconcertadas, incluso espantadas, podría decir. Siendo honesta, a mí no me tomó por sorpresa. Hasta cierto punto podría decir que las riendas de la vida de Pablo se le ven en los ojos. Pero sentí una punzada en el pecho que me pedía a gritos actuar, aunque probablemente no me correspondiera.
Pasado un rato fui a platicar con Chris, pues tenía ganas de conocerlo más allá de lo que veía a través del monitor en las juntas del trabajo. Evelyn y Mina siguieron platicando con Héctor, a quien noté con una fijación particular por Mina. Luego fui a fumar con Erick; en ese momento descubrí que es exactamente la clase de persona con la que me gusta entablar una amistad. Me contó de sus inquietudes fuera de la música del circuito independiente de la ciudad: siempre le ha llamado la atención la música estilo rave, lo cual cambia el panorama en el que se mueve ciento ochenta grados. Mina fue la primera en desistir, pues entraba más temprano que nosotras a la oficina. La siguió Evelyn unos cuarenta minutos después, aunque me dijo, preocupada, que se quedaba con el pendiente de que me dejaran sola. No pensaba quedarme mucho tiempo más, pues tenía que entrar temprano al trabajo también. Me estaba tomando lo restante de mi vaso, sentada al borde de un sillón, cuando Pablo llegó y se sentó a mi lado. Le vi la cara y su semblante era otro al de cuando empezó todo esto. Tenía una sonrisa que ya le he conocido repetidas veces y que no soporto que haga, porque no sé si se está riendo de mí o conmigo. Me pidió un cigarro y, desde que se sentó hasta que me fui, no dejamos de hablar. Una vez más, lo impredecible se hacía presente. Pensé en no mencionarle lo que me había platicado Héctor, pero esa punzada en el pecho no me iba a dejar dormir. Me sorprendió que se abriera a hablar del tema, porque por naturaleza es cerrado. Cuando accedió a ser bromista y transparente, me di cuenta de que no solamente me agradaba: me importaba.
Horas en casa del jueves: 7 de sueño + 1 para arreglarme por la mañana + 1 para arreglarme en la tarde + 1 hora de comida: 10 horas. Horas en la calle del jueves: 14 horas.
El viernes desperté con una cara que gritaba auxilio. Además de mi terrible aspecto, no había nada que delatara mi falta absoluta de descanso; mi ánimo era el de costumbre, me sentía activa y fresca a lo largo de la mañana, pero una vez llegadas las cuatro de la tarde me sentí a fallecer. Mis ojos se cerraban frente a la computadora, las palabras en el documento que estaba editando dejaron de tener sentido. Me levanté de mi cubículo para servirme un café extra fuerte, aunque sabía que no sería de mucha ayuda, pues me he vuelto inmune a la cafeína. No había motivo en el mundo que me fuera a obligar a hacer algo una vez que terminara mi horario de trabajo; esta partida la había ganado sin duda alguna la casa, pues mi cama pedía a gritos que intentara permanecer en ella más de cinco horas. Al salir de la oficina me parecía tener el combo perfecto: un fin de semana entero para descansar. Hasta que recordé que al día siguiente era el cumpleaños de mi amiga Susana y que ella es una fiestera de armas tomar.
Horas en casa del viernes: 6 de sueño + 1 para arreglarme por la mañana + 5 horas de ocio luego del trabajo: 12 horas. Horas en la calle del jueves: 12 horas.
A pesar de que Sofía es mi mejor amiga, con Susana tengo una amistad que va mucho más allá de ser solo eso. Es como mi hermana; en ocasiones es tenebroso lo mucho que coincidimos en la vida, en la forma de pensar. Podría decir que es otro yo, o que yo soy otra ella, aunque lo más adecuado sería la primera opción, pues de todos mis amigos Susana es la más joven. Ella es un imán de gente, no sé cómo lo hace; incluso cuando le he preguntado cómo es tan buena para conectar con las personas, ella tampoco tiene la más mínima idea. “Así nací, así me tocó”, siempre responde. Le encanta la fiesta, pero sobre todo le encanta la gente. “La vida de la gente también es mi vida”, me ha llegado a decir. Pero no se queda ahí. Susy no solamente es juerga y noche; es, sin duda, la profesional más workaholic que he conocido en mi vida. Nunca había visto a alguien amar tanto su trabajo como lo hace ella; yo creo que si no trabaja, se muere. Le encanta la adrenalina y por eso trabaja mejor bajo presión, pero cuando tiene tiempo de planear las cosas nunca deja que ni un solo detalle se le escape. Aunque se ha desarrollado en el periodismo, al igual que yo, siempre ha tenido tintes variopintos de otras profesiones, y lo veo como algo natural para ella, porque le encantaría poder ser todo a la vez. Detrás de su ser sociable y su facilidad de congeniar con la gente se esconde un carácter de miedo —lo digo en el mejor de los sentidos—. Creo que somos pocos los que hemos tenido el terror o el privilegio de ver ese lado de ella, pero no se lo desearía a nadie.
Susana ama bailar; de hecho, fue bailarina de ballet y folclor por diez años, así que me pareció lo más obvio del mundo cuando eligió ir a un bar de salsa para su cumpleaños, lugar que, de hecho, sería perfecto para Lalo y compañía. Las primeras en llegar fuimos Sofía y yo, pues como buenas amigas no pensábamos dejarla esperando. Inmediatamente después de nosotras llegaron Lalo y, sorpresivamente, le acompañaban Liliana, Memo y Emilio, pero ni siquiera pusieron un pie dentro del lugar: solo llegaron a la fila de acceso al bar a entregarle una cajetilla de cigarros a Susy, le desearon feliz cumpleaños y huyeron. La vi muy desconcertada, pero luego me explicó que les habían puesto la araña por no pagar parquímetro y debían ir a arreglar ese asunto. Casi de inmediato llegó Tommy, uno de sus mejores amigos, a quien conoció durante la universidad y a quien yo ya había visto en reuniones en su casa, acompañado de un amigo. El lugar estaba increíble; aún estaba un poco vacío, pero desde ese momento se podía ver que había gente de todas edades, sabores, formas y colores. Nos pusieron en una mesa tipo sala. Yo no quería pedirme nada de tomar hasta que Susy empezara, pero la vi muy estresada. Sofía la intentó animar, pero a Susy siempre le ha pasado el raro fenómeno de emocionarse mucho por su cumpleaños y que, cuando llega el día, se estresa demasiado. Me senté a ver cómo se tomaba casi de un jalón una bola de gin con agua tónica. Agradecí que fuera de garganta fuerte, porque si no estaría fatal en un par de horas y yo tendría que cuidarla.
Pronto la vi animada, en especial cuando llegaron dos de nuestros amigos en común, Fernando y Óscar. Bajamos a fumar con ellos y, cuando regresamos a nuestra mesa, ya había otras diez personas; de hecho, la mesa estaba casi llena. Susy se volteó y me susurró, preocupada: “Todavía falta bastante gente en llegar, no tengo idea de dónde vamos a caber”. Al cabo de una hora ya éramos unas veinticinco personas en el lugar, y otra hora después éramos unas veintiocho. Susy me presentó a tanta gente que no logré agarrar el hilo de dónde los conocía a todos: entre amigos de su infancia, su hermano Pepe y su mejor amigo, sus amigos de la secundaria y preparatoria, sus amigos del trabajo, sus amigos de la universidad, sus amigos de “la vida”, como ella les llama, incluso las primas de Tommy y un par de colados, llenamos dos mesas grandes. Susy estaba arreglando dónde poder sentar a algunas personas que estaban buscando lugar con un mesero, pero luego le dije que yo lo arreglaba, pues la orquesta en vivo ya había comenzado a tocar y yo quería que ella disfrutara y bailara —lo cual no paró de hacer en toda la noche—. Hablé con el mesero y arregló prestarnos unas sillas extra. Luego me preguntó si era el cumpleaños de mi amiga, a lo que dije que sí, y pedí una disculpa en su representación: “No tenía idea de que iba a venir tanta gente, ella pensaba que a lo mucho unos quince invitados vendrían”. Entonces el mesero me dijo algo muy lindo: “No se preocupe, nosotros lo arreglamos. Oiga, eso solo demuestra que su amiga es muy querida, ¿no? De eso se trata”. Y precisamente de eso se trataba, y me conmovió lo mucho que la gente quiere a alguien que yo adoro.
Bailé un poco con distintos amigos, pero el mejor baile, sin duda, fue con un hombre que conocí en la barra del bar, cuando acompañaba a Oscar a pagar un trago. El hombre era bastante mayor que yo, pero seguía siendo muy joven. Me vio y me preguntó si venía con Oscar; le dije que sí. Luego me preguntó si era mi novio y, cuando lo negué, me invitó a bailar. Su nombre era Tiago y era de Colombia. No hace falta decir que le hizo honor a su nacionalidad, porque era un bailarín increíble. Al final me pidió mi teléfono y me escribió unos días después para invitarme a salir. Aún sigo pensando si aceptar o no. La celebración se extendió casi hasta las cinco de la mañana, pero ya en petit comité, pues terminamos cenando solamente Pepe, su mejor amigo Martín, Susana y yo. Esta partida fue una victoria más que arrasadora por parte de la calle, extrañamente no tanto por la cantidad de horas que permanecí en ella, sino porque me permitió ver un nuevo día desde sus banquetas, con la gente que quiero.
Horas en casa del sábado: ????
Horas en la calle del sábado: ?????????????


