SIEMPRE SE HACE TARDE EN LA CIUDAD #3: CIUDAD DE MÉXICO ES PARA NOSOTROS LO QUE LAS ISLAS GALÁPAGO PARA DARWIN.

¿Vivir es igual a sobrevivir?

ROCKSOCIALMÉXICO

Por Cecilia Alemán Zulueta

2/11/202611 min read

En esta ciudad, el que no se adapta no sobrevive.

¿Cerraron una estación del metro? Debes encontrar la manera de llegar a tu destino. ¿Es junio? Debes prever la lluvia que muy seguramente inundará alguna colonia. ¿No te gusta la comida que preparan en casa de la familia de tu padre? Agradeces y comes. ¿Es mayo? Verás cómo no tener un golpe de calor. ¿Vas al Centro Histórico a las dos de la tarde? Caminas a paso veloz y, si te chocan, no dices nada. ¿El gringo llegó a tu colonia? Debes ir buscando una nueva renta. ¿Es enero? De una vez te inyectas antes de enfermarte por dos semanas.

Salvador Dalí dijo una vez que no volvería a México porque no soportaba un lugar más surreal que sus pinturas, pero olvidó un detalle: no solo somos un país daliniano, somos en extremo darwiniano, y esta ciudad a la que llamo hogar es tal vez el mayor ejemplo de la selección natural. Recuerdo mucho la primera vez que sentí que me comía viva este lugar: era el verano de cuando salí de preparatoria y, en aquellos días, tenía dos amigos muy cercanos, a quienes dejé de frecuentar hace ya un largo tiempo. Ninguno vivía en la ciudad, eran de la periferia yendo hacia el norte; uno de ellos venía rara vez a la ciudad, mientras que el otro estaba aquí regularmente, pero solamente en las zonas más “turísticas”, o en la Roma y la Condesa. Yo, por otro lado, conocía prácticamente todos los rincones de la ciudad: desde Ciudad Universitaria hasta el norte, como Azcapotzalco o Lindavista. Un día de aquellas vacaciones decidimos ir al cine, pero antes les pedí que me acompañaran a comprar rollos para una cámara análoga que recién había comprado un par de semanas atrás. Fuimos a la calle de Palma, en el Centro, pero llegamos muy tarde, por lo que no encontramos rollo. Ese día cerraron Reforma por una manifestación y no había manera de llegar al cine Diana por Metrobús, por lo que les sugerí irnos rápido para llegar caminando, lo que nos tomaría cerca de una hora. Mis amigos veían el Centro con ojos de horror, sobre todo el que casi no venía a la ciudad; lo que para mí es un lugar mágico, a ellos les causaba temor y desconcierto, todo les parecía peligroso.

A pesar de esto, el carácter necio de ambos los hizo querer decirme cómo salir de las calles que tantas veces he caminado para ir rumbo a Reforma. A pesar de decirles mil y un veces que estaban errados en la ruta, ellos se aferraron y aseguraron que el mapa de su celular nos llevaba en dirección correcta. El último lugar conocido que pisé fue la calle 20 de Noviembre, pues al llegar al final de esta dimos a un lugar solitario, donde el aire pesaba y los callejones se cerraban cada vez más. Les repetí por última vez que estaban equivocados en cuanto a la ruta, y no fue hasta que el sol tuvo intenciones de descender en el horizonte y que encontramos una calle sin salida, donde era evidente que todos los ojos nos miraban, que aceptaron su error. Estaban visiblemente aterrados, y es ahí cuando sentí miedo. Solo hubo una ocasión previa a esta experiencia en la que sentí miedo en mi ciudad, pero de eso habían pasado ya muchos años. No sé si ellos me contagiaron el miedo o si el hecho de sentirme completamente perdida fue lo que hizo que empezara a temblar. Finalmente pidieron un Uber, el cual no tardó en llegar y nos llevó a Reforma por una ruta alterna. El conductor nos preguntó qué hacíamos en ese lugar, que por qué estábamos acercándonos a Tepito cuando la noche se aproximaba. Mis amigos estaban aterrados, ni siquiera ellos sabían que estábamos ahí. Yo ya había estado en Tepito en diferentes ocasiones, pero solo había entrado por el lado de la Lagunilla, y de día. Esa fue la vez que aprendí a nunca demostrar que estás perdido, porque la ciudad te puede comer.

No solamente la ciudad me hace sentir una presa para devorar, la gente también. No necesariamente porque sean malos, sino porque siempre he pensado que cualquier cautela es poca. Por cautela no me refiero a alejarme de ellos, más bien a permanecer cerca, pero con una lista mental de reglas inconscientes que aplico muchas veces sin notarlo. Cuando tiene poco que conozco a dichas personas, por más amistosas que parezcan, yo hablo solo si se me habla, hago alguna broma después de haber corroborado que su estado de ánimo invita a hacerla, no río muy fuerte, cuido mucho lo que digo, me vuelvo ligeramente más seria que de costumbre, no les sostengo la mirada mucho tiempo, dejo que ellos hablen más, nunca niego un cigarro y siempre respondo que estoy bien. ¿Locura o cautela infinita? Ustedes juzgarán. Esto jamás me ha pasado con mis amigos de verdad; con ellos me vuelvo una presa extremadamente fácil, tanto para la gente como para esta ciudad, lo que me parece un poco triste y una verdadera pena, pues me encantaría no aplicar esas reglas nunca.

Me di cuenta de esto durante el fin de semana, pues conviví con gente de todas edades, cercanos y no mucho. Hasta que terminó el fin de semana caí en cuenta de mi comportamiento a la Darwin. El viernes fue un día muy importante para mí, pues me había estado preparando desde hace algún tiempo para conocer a Rubén G. Su verdadero nombre puede que les suene más, pero yo no puedo decírselos. Rubén G. es un escritor con fama discreta a nivel popular, pero muy notoria en el nicho al que perteneció al inicio de los años noventa. Fue, sobre todo, asociado de Jordi Soler —a quien sí puedo mencionar, porque no tengo el gusto de conocerle personalmente— y a Pilar V., quien es una autora mucho más conocida que los dos antes mencionados, y cuyo verdadero nombre tristemente tampoco puedo revelar. Hace mucho no me sentía tan nerviosa por conocer a alguien; me pasó con Rubén G. no precisamente porque sea una fanática del contenido de su trabajo, sino porque respeto y admiro enormemente lo que esto significó en sus días y lo que sigue significando hoy. De parte de El País debía negociar unos acuerdos con él, lo que le añadía más presión a mi situación, pues no solamente lo iba a conocer, sino que no sabía cómo se tomaría la cuestión profesional.

Me sentí tan nerviosa que, para hacer algo que he hecho mil y un veces sola, le pedí a Simón y a Sara, dos compañeros de trabajo, que me acompañaran para “que me asesoraran”. Leí bastante sobre la vida de Rubén G. y su asociación con Pilar V. en la semana previa a la reunión, por si me preguntaba cualquier cosa yo no quedaría mal. Llegó el día: cuarto para las cinco de la tarde, la cafetería habitual de la Cuauhtémoc donde suelo cerrar tratos. Entré y pedí una mesa, pero aún no estaba ninguno de mis compañeros en el lugar, lo que me estresó aún más. Le marqué a Sara y me dijo que llegaría bastante tarde, pero para mi buena fortuna en ese momento llegó Simón. No habían pasado ni cinco minutos desde que colgué con Sara; Simón y yo apenas pudimos decirnos unas cuantas palabras cuando llegó Rubén G.

Me paré de la mesa y fui a buscarlo, porque lo vi perdido dentro del lugar. Lo había conocido una sola ocasión previa, pero no hablamos mucho, por lo que esta vez contaba como nuestra introducción. Me saludó muy afectuoso, le presenté a Simón, quien yo sabía que admiraba mucho su trabajo. Comencé a romper el hielo, pero no tuve que intentar mucho, pues Rubén G. era un cómplice total. Me sorprendió lo mucho que cooperaba y el entusiasmo con el que se mostró. Media hora después llegó Sara. Lo que por lo general me ha llegado a tomar cuarenta minutos, a lo mucho una hora, se tornó en dos horas maravillosas, donde Rubén G. no solamente cooperó con lo laboral, sino que nos hizo sentir como si fuéramos conocidos de toda la vida; es como si casi hubiera abierto una parte muy personal de él, y digo casi porque solamente dejó ver una parte. Cuando llegué con Rubén G., mi sistema de supervivencia estaba a tope, como cuando oscurece y sientes que alguien te sigue; nuevamente se había activado sin que yo lo notara, pero luego de una hora dentro de la plática me di cuenta de que ya no tenía ese escudo, y lo más sorprendente es que él no lo tenía tampoco. Entre bromas, un par de llantos que se tragó y una convivencia como ninguna que hubiese tenido anteriormente con ningún cliente, podría decir que mi reunión fue un éxito. Al cabo de dos horas cerramos el trato y salimos a fumar. Mientras nos contaba sobre sus pasiones lejos de su trabajo lo observé bien: tiene la vitalidad de un joven, pero usa las frases y reproches de un adulto de su generación; es crítico, nostálgico hasta cierto punto, honesto, de mucha convicción, sensible, sencillo, en extremo inteligente y buen bromista. Pasó un fenómeno extraño: en ciertos momentos me recordaba a mis padres, en otros me recordó tenebrosamente a mi amigo Pablo. Creo que Pablo es la versión de Rubén G. que se traga todo lo que Rubén G. se atreve a decir y a soltar. La noche anterior había quedado de ir con David al bar-venue que frecuento aproximadamente cada quince días —es gracioso porque no lo planeo visitar cada quincena, siempre pasa por casualidad—. Tenía miedo de llegar tarde porque mi asunto con Rubén G. se extendió bastante, pero cuando David me dijo que iba a llegar tarde me sentí un poco mejor. Le pregunté a Simón si tenía algo que hacer, pues era viernes por la noche y es infernal no hacer nada en ese horario, ese día. Me dijo que no, y lo invité a acompañarme al bar-venue. Nos despedimos de Rubén G., quien nos preguntó a dónde íbamos; le conté nuestro plan y, sin dudarlo, lo invité. Rechazó amablemente la invitación —ya imaginaba que no vendría—. Aun así, se ofreció a llevarnos a Simón y a mí. En el camino temí que se me acabara la conversación, pero afortunadamente nunca pasó. Cuando estábamos lo más cerca posible del lugar nos bajamos y nos despedimos de Rubén G.; le agradecí una vez más antes de que tomara rumbo a su casa.

El venue estaba casi muerto, pero igual no me importaba mucho; de cualquier manera, Simón y yo no buscábamos seguir la fiesta de noche, solamente queríamos tomar una cerveza para celebrar lo bien que había ido todo con Rubén G. Además, era viernes por la noche y no pensaba regresar a casa tan pronto sin antes haber tomado una cerveza. Encontramos una mesa y nos sentamos. Siempre me ha gustado platicar con Simón porque tenemos puntos de vista muy similares en distintas áreas. Ambos creemos firmemente que la mayoría de los pseudo comunicólogos de este país —por pseudo comunicólogos entiéndase la gente de cierta televisora mexicana que tuvo mucho poder desde la década de los setenta hasta hace relativamente poco— le tienen envidia a Alejandro González Iñárritu, y no hablamos desde un amor ciego a su trabajo, hablamos desde la observación de la naturaleza del mexicano, que suele ponerle el pie al compatriota. También coincidimos en que detestamos que una buena parte de las bandas actuales de nuestro país renieguen de sus influencias musicales en nuestro propio idioma, como si el arte en nuestra lengua fuera menor. Simón es un escritor en extremo talentoso, redacta de forma precisa; creo que se comunica mejor por texto que por hablar. De cualquier manera, es imposible no tener una buena plática con él, pues siempre tiene algo que opinar y es muy firme con sus opiniones. Aunque al inicio es tímido, encuentras que con él puedes pasar un gran rato y hablar de cualquier cosa.

Pasado un rato yo seguía sin tener señales de David, por lo que supuse que ya no llegaría. En el rato que estuvimos sentados Simón y yo, me encontré con un excompañero de trabajo con quien compartí un breve rato en uno de los primeros espacios donde comencé a escribir. No me sorprendió verlo ahí, pues la última vez que puse pie en ese bar me había encontrado a otro excompañero de trabajo; ya sabía que vería algún rostro conocido. Se acercaban las nueve de la noche y Simón debía partir, por lo que accedí a irme al mismo tiempo que él, pero antes de dejar el lugar coincidí codo a codo con Eloy y su prometida, Malena. Tengo este sentimiento hacia Malena de gran aprecio y admiración profunda; si bien también aprecio mucho a Eloy, con Malena va más allá del simple agrado. Es una mujer que me deslumbra bastante. Se dedica a la edición de libros y hace un trabajo increíble con todo manuscrito que toca y, como si no fuera suficiente, no solamente es muy talentosa, también es una mujer extremadamente guapa. Ojo que he dicho guapa, no bonita, que es un atributo que admiro enormemente en las mujeres y que me fascina más que una cara bonita. Me sorprendí de verlos ahí, pues no es su ambiente habitual; los saludé y de inmediato me sentí adoptada por ellos. Me entraron unas ganas enormes de quedarme un rato más, así que le dije a Simón que lo dejaría en la entrada y volvería con mis amigos.

En ese momento me llegó un mensaje de David; decía que no tardaría mucho y que lo esperara para entrar. Cometí un grave error al esperarlo, pues a las nueve de la noche es la hora en que la gente llega en mayor cantidad al lugar, y me resultaba imposible pasar. Entre la multitud de gente vi un rostro conocido: era Pablo. Me acerqué a saludar, pero mi sorpresa fue ver a David junto a él. Estuvimos un rato esperando a pasar, hasta que Pablo se desesperó y nos pidió que lo acompañáramos a la otra esquina de la calle. David y yo no entendíamos nada, pero aun así lo seguimos. Resulta que Pablo conocía la puerta trasera del bar y sabía que siempre permanecía abierta. Abrió la puerta sin vergüenza alguna y por ahí logramos entrar. Una vez dentro nos reunimos con Eloy y Malena; al estar todos juntos supe que no había forma de irme tan rápido a mi casa. Ellos no han sido excepción alguna para bajar mi guardia de supervivencia; de hecho, han sido las mayores víctimas en tiempos recientes, pero en ese momento, en ese espacio, por primera vez me sentí acogida por ellos, casi hasta apreciada; incluso podría decir que por momentos bajaba la guardia, sobre todo con Pablo, quien, sin darse cuenta, tenía ratos en extremo vulnerables que me sacaban una sonrisa enorme, porque jamás lo había visto tan transparente y con la guardia tan baja. La increíble noche de viernes no podía tener un desenlace mejor que una invitación hecha por ellos para ir al día siguiente a ver la casa nueva que su amigo Charly había comprado en el sur; acepté de inmediato.

Al día siguiente dudé un poco en ir a la comida a la que me habían invitado. Después de analizarlo un rato me decidí y, por primera vez, iría sola. Llegué relativamente temprano, pero ya había algunas personas ahí, entre ellas Pablo. Primero me sentí un poco perdida, sobre todo porque él estaba ocupado ayudándole a Charly con algunas cosas y no quería interrumpirlos, pero conforme avanzó el tiempo y fueron llegando mis demás conocidos, la tensión de mis hombros fue desapareciendo; incluso llegó Chris, el socio de relaciones públicas de mi trabajo. Cuando la comida se volvió más fiesta sacaron un karaoke; soy una cantante verdaderamente terrible, así que no hice nada por cantar, pero sí por bailar. Bailé con Erik, con su mejor amigo, con Charly, con Héctor, con un par de amigas que encontré en la fiesta y que no tenía idea de que iban a ir, con Dulce, con Malena y con Pablo, quien de manera totalmente inesperada y aleatoria me preguntó a medio baile si me encontraba bien. Se me hizo extraño, pues no mostré ningún signo de malestar o presión, estaba completamente suelta. Entonces recapacité que tal vez por eso me preguntó si estaba bien, porque nunca me había visto tan cercana y sin el escudo invisible que cargo conmigo. Tal vez a veces uno debe dejarse devorar un poco por las personas a las que aprecia y, de paso, por esta ciudad, que todos seremos parte de sus entrañas algún día.

Maty Huitrón por Nacho López, titulada: "Cuando una mujer hermosa pasa por la calle Madero" (1953).

CECILIA ALEMÁN ZULUETA

COLABORADORA

Lic. en Comunicación por la Universidad Autónoma Metropolitana.

Habitante de la colonia Industrial. Periodista de profesión, escritora por pasión. Sueño con una Latinoamérica libre.