UN FANTASMA PARA SERVIRTE: UNA COMEDIA PARA DERROCAR EL SISTEMA (Y LA MUERTE)
Review de la ópera prima del director tailandés Ratchapoom Boonbunchachoke.
PELÍCULASCRÍTICACINE
Por Rea Herrera
11/15/20256 min read


Imagina que Parasite y Amores Perros tuvieran un hijo criado por fantasmas, electrodomésticos y un sistema político que prefiere que estemos demasiado ocupados tosiendo polvo como para rebelarnos.
La ópera prima del director tailandés Ratchapoom Boonbunchachoke llega precedida por un mediometraje y una serie que ya insinuaban su gusto por lo absurdo y lo político. Aquí lo lleva más lejos: una comedia satírica que sigue a un hombre y a su esposa fallecida, cuyo espíritu ha poseído una aspiradora y ahora debe enfrentarse a otros fantasmas vengativos para demostrar su valor. Bajo ese humor ácido y aparentemente ligero, la película esconde una crítica sociopolítica afilada: cómo la historia —o mejor dicho, quienes tienen el poder de escribirla— borra a los “indeseables”, y cómo ese borrado ocurre muchas veces a través de nuestras propias manos.
Pocas películas logran que un sueño febril y maximalista te explique cómo funciona el mundo mejor que un libro de historia. Ésta lo hace con electrodomésticos, fantasmas y algunas verdades incómodas. Debajo de su humor absurdo y su estética retro-fashionista, la película construye un alegato feroz: el sistema y su venenosa corrupción —ese polvo que se cuela por las grietas del dolor— convierte el cuerpo de cada quien, el amor que posee y hasta los objetos más insignificantes en engranes de un sistema que descarta vidas mientras disfraza el daño de progreso. La fantasía maximalista no maquilla la crítica; es su vehículo más honesto, revelando cómo, sin darnos cuenta, terminamos sirviendo a la misma maquinaria que nos desgasta.




Narrar para recordar, recordar para resistir
La narrativa del filme se sostiene sobre un guión que funciona como protesta y como conmemoración: una defensa afectiva de la memoria de un pueblo y, al mismo tiempo, una advertencia sobre lo que ocurre cuando dejamos de recordar. Su tema central es claro: la resistencia sólo es posible mientras mantengamos vivo el vínculo con los nuestros; cuando la memoria se fractura, se abre paso un enemigo aparentemente invisible —el sistema— que se infiltra en uno mismo hasta convertirnos en rivales de nuestra propia vida.
El conflicto real no es entre vivos y muertos, sino entre las personas y una maquinaria que las desgasta sin que lo noten. Para sostener ese mensaje, la película adopta una estructura hyperlink: comienza con dos relatos que parecen distintos, que avanzan con cabos sueltos y pequeños silencios, y que sólo revelan su unión cuando el guión da un giro complementario y certero que cierra el ciclo con un golpe emocional y narrativo. El ritmo se mueve con suavidad pero sin freno: primero despierta curiosidad —extrañeza, ternura, humor absurdo, incluso un enojo visceral ante las injusticias— y luego, sin brusquedad, deriva hacia la angustia y la anticipación.
Para cuando llega el final, la película te energiza: te cierra el arco, te reafirma la moraleja y te recuerda que perseguir el premio equivocado puede desorientarte hasta perderte. En conjunto, el tono es una mezcla única de comedia ácida, fantasía simbólica y reflexión política; un sueño febril que, pese a su estética maximalista, nunca pierde de vista lo esencial: la resistencia empieza por la memoria.
Postales desde el otro lado de la realidad
El estilo visual del filme es una obra en sí misma: cada plano parece pensado para convertirse en un still hipnotizante, saturado de color y con una composición tan precisa que roza lo pictórico. La fotografía abraza una estética retro y onírica, donde los encuadres —siempre ingeniosos, siempre sorprendentes— mantienen al espectador en un estado constante de intriga. La colorimetría nos regala un lenguaje simbólico: Nat arde en rojo y azul, se vuelve incapaz de pasar desapercibida incluso después de muerta; March es inocencia en sus blancos y neutros; los fantasmas Tok y Nat brillan en azul rey, como los uniformes de la planta, recordándonos que incluso en la muerte siguen destinados a servir; y Suman se apaga en tonos opacos, atrapada en una monotonía que se siente sistémica. La puesta en escena acompaña este código cromático con precisión quirúrgica: los espacios no sólo ambientan, sino que revelan.
Desde habitaciones cargadas de nostalgia hasta el consultorio psiquiátrico —futurista, imponente y elegantemente hostil— cada escenario amplifica la emoción predominante. Los objetos también hablan: aspiradoras contra polvo, vivos contra fantasmas. Las máquinas, diseñadas para expulsar la suciedad, simbolizan una resistencia silenciosa al polvo que representa la corrupción del poder; mientras tanto, los fantasmas encarnan aquello que la sociedad prefiere descartar cuando ya no sirve. Los monjes aparecen también desde un lugar servil: esa supuesta autoridad espiritual se derrumba rápido y revela algo más vil, reflejando el modo en que las jerarquías del mundo real suelen disfrazar de virtud lo que, en el fondo, es obediencia al poder. El resultado es un universo profundamente surrealista y experimental, donde influencias retro ochenteras conviven con estéticas contemporáneas para construir un lenguaje visual que no sólo adorna la narrativa: la desenmascara.






El que calla otorga, el silencio lo da todo
La película es callada: la música es como un murmullo, suave y teñido de sonidos tradicionales tailandeses, pero colocado en un rol ominoso y experimental. Ese bajo perfil sonoro deja espacio para que el performance hable por sí mismo: el zumbido persistente de la aspiradora, la tos que atraviesa escenas enteras, los diálogos en tono casi monótono, el traqueteo de los electrodomésticos que respiran como si fueran criaturas. Los silencios —siempre deliberados— refuerzan la tensión y sostienen esa incomodidad que nunca termina de disiparse. Por eso, cuando al final irrumpe una canción completamente distinta a todo lo que la precedió, el efecto es contundente: transforma el cierre en un clímax bien ganado, casi una recompensa emocional después de tanto vacío sonoro.
¿Qué significa existir cuando vivir ya no basta?
La película también propone una reflexión poderosa sobre lo que significa existir cuando las fronteras entre vida y muerte, cuerpo y objeto, empiezan a desdibujarse. En este universo, los vivos pueden sentirse tan desechables como los electrodomésticos que los rodean, mientras que los fantasmas adquieren más agencia que quienes aún respiran. Esa inversión revela una idea incómoda: no es la vida la que define a una persona, sino el papel que el sistema le permite ocupar.
Frente a esto, el filme desmonta la fantasía del héroe individual y apuesta por la creación colectiva: las historias no avanzan por la acción de un solo protagonista, sino por una red de afectos, pérdidas y resistencias que se entrelazan como si compartieran un mismo aliento. Y en medio de todo emerge el amor, una fuerza que puede levantar a alguien del abismo o empujarlo hacia él con la misma intensidad. Amar aquí no es garantía de salvación; es una brújula que, cuando apunta hacia un deseo equivocado, puede extraviar incluso a los más nobles. Así, el filme sugiere que lo humano no reside en la vida ni en la identidad, sino en la capacidad de sostenernos unos a otros frente a un mundo que insiste en convertirnos en materia reemplazable.
Un sueño febril que no quiere soltarte
Hay películas que se desvanecen en cuanto se encienden las luces de la sala, y hay otras —como ésta— que insisten en quedarse. Su mezcla hipnotizante de comedia satírica, crítica feroz y universo visual “well rounded” no sólo entretiene: revela un espejo que parecía imposible sostener sin perder el equilibrio. Ratchapoom Boonbunchachoke persigue cada idea hasta sus últimas consecuencias, guiado por una creatividad que roza lo temerario; dirige con la precisión de alguien que entiende que el arte también es una forma de resistencia.
Su película habla del poder que corrompe, del amor que puede salvar o arruinar, de cuerpos vivos tratados como desperdicio mientras los muertos siguen sirviendo. Y aun así —o quizás por eso— la rareza del filme continúa embrujándome: se ha vuelto una amiga íntima, imperfecta y valiente, tan consciente del mundo que la produjo como del corazón que la sostiene. Por todo esto, no puedo hacer otra cosa que recomendarla sin reservas. Ya sea para reírte, sorprenderte o dejarte llevar por sus capas políticas y emocionales, esta obra es imposible de ignorar. Te acompaña después, silenciosa pero firme, como si sus fantasmas siguieran preguntándote qué significa realmente estar vivo.


